miércoles, 17 de febrero de 2021
Lo que dijo Stella Maris Gamba de mi novela “ALLÁ” (*)
lunes, 11 de enero de 2021
POR QUE NO ME GUSTA VAN GOGH
¿Quién era ese colorado que revolucionó el mundo de la pintura después de su muerte y que su vida fue tan trajinada como su propia locura? En realidad el pobre no estaba loco ¡estaba chiflado! más aturdido de la vida que una oveja que entra al frigorífico un día festivo.
Si en vida el colorado Vincent no tuvo mucha suerte con su pintura, se puede decir que tampoco la tuvo con las mujeres. El pobre colorado pasaba de una decepción amorosa a otra. En definitiva, cabeza de zanahoria forjó su carácter con esos elementos y con un misticismos tan exaltado como sus propios tormentos, porque si existía un tipo atormentado en la vida no podía ser otro que el chiflado de Van Gogh.
Ya adolescente, el colorado había sido mordido por el virus del vagabundeo y por un anhelo epidérmico de ser pastor protestante como su padre: ¡Pastor, qué ocurrencia!... Y, haciéndose pasar por pastor en las minas de Bélgica descubrió la miseria humana, la explotación y la muerte de todas las esperanzas del ser humano. Entonces, él dudó de su misticismo religioso y se puso a dibujar como loco ¡como loco que ya era!
Pícaro este Vincent. El era holgazán, no le gustaba trabajar como a todo el mundo. Acaso hasta pudo haber sido escritor porque, durante su existencia, le escribió a su hermano querido Théo ¡más de 700 cartas! Aún cuando en general eran para pedirle dinero. En esas cartas también habla de pintura: de su pintura, de su búsqueda estética, de su gusto por el clasicismo y de sus obsesiones. ¡Y, por Dios que él tenía obsesiones, suficientes como para alimentar a todos los aprendices psicólogos de varias generaciones!.
Vincent se instaló en Inglaterra en 1876 como ayudante de un verdadero pastor; pero las autoridades eclesiásticas continuaron a oponerse y le rechazaron su sueño de Pastor. Y siendo honesto, entre nosotros ¡no estaban muy errados! De todas maneras el loco colorado no llegaba a radicarse mucho tiempo en un mismo lugar.
En Amsterdam él agregó a su vida el alcohol y se volvió un alcóholico de primera que deambulaba arrastrando también su carácter fuerte, porque el colorado, aparte de ser chiflado, tenía un carácter podrido. Sin embargo, la lucidez de ese loco era de saber que estaba repiantado, que era violento y terriblemente depresivo. Y, acariciando su barba colorada, él sintió una vez más que su vida era un infierno y que se deterioraba rápidamente. Pero, más sentía la demencia que lo cercaba, más se ataba a su condición de artista para tratar de sobrevivir de su infierno. Y su producción aumentó enormemente para la felicidad de esos que hoy especulan con el valor de sus cuadros y que hacen de su demencia enloquecer los índices de la bolsa de comercio.
Es difícil hablar del colorado sin hablar de su hermano Théo, que lo ayudó económicamente toda su vida y entre ellos, hay que reconocerlo, hubo una relación muy particular. ¿Es que Théo lo ayudó porque creía en la pintura del colorado o simplemente porque Vincent estaba chiflado? Todavía se aceptan las apuestas para ver quién determina eso con precisión. No importa lo que fuera, el colorado Vincent que pasó su vida haciendo retratos de todos: del padre Tanguy, del doctor Rey, de Millet, de la mujer de Ginoux, de la familia completa de Ravoux, etc., etc. Pero, hecho curioso, nunca pintó un solo retrato de su hermano querido. ¡Sigamos apostando!...
No se puede pensar que Théo era ingenuo. El conocía bien el mundo del arte puesto que era propietario y comerciante de una galería de arte. El no creía en el colorado como artista y utilizaba sus cuadros para hacer regalos a los amigos sin gastar un peso. Eso fue lo que sucedió con la acuarela “Les Toits” que en 1990 se vendiera a 27 millones de dólares ¡Qué dolor para los descendientes de Théo!...
En 1886 París estaba en plena efervescencia. Se discutía de arte moderno por todos los rincones; pero al colorado no le gustaba discutir, él adoraba la soledad y soñaba con irse a la región del Midi francés. Y dos años más tarde se instaló en Arles, la región francesa más japonesa, dirá él mismo en sus cartas. Al principio pareció haber encontrado una tranquilidad espiritual; pero poco a poco los demonios volvieron a danzar en su cabeza y se hacían un festival con las depresiones y el carácter del pobre colorado. Sin embargo él trataba de comprenderse, de comprender las cosas que pasaban en su cabeza y allí pintó su autorretrato ¡40 veces!... como si él tuviera necesidad de observarse, de descubrir cada uno de sus sentimientos malsanos.
De pronto un día la luz se prendió en el infierno de su vida y le vino la idea de realizar un proyecto, el primer proyecto serio de su vida: crear una granja artística. Era un proyecto simpático que hoy, tal vez, hubiera contado con el apoyo de las autoridades y de la dirección de cultura.
El colorado discutió por correspondencia esa idea con su hermano Théo. Esta idea la tiene a pecho y cuando llega Gauguin a la ciudad de Arles, el colorado piensa que su proyecto puede concretizarse ¡Gauguin es amigo de Théo! Pero pobre colorado, aparte de chiflado era incrédulo.
¿Por qué Gauguin fue a visitarlo? El también tenía un carácter fuerte y apasionado, y, a diferencia de Van Gogh, Gauguin vivia bien su época tanto como artista que personalmente. Sus cuadros se venden mucho y está triunfando económicamente. Además Gauguin ya abandonó el impresionismo. Ellos son el día y la noche, y los dos son sectarios y totalitarios en sus pensamientos, en sus posiciones sobre la pintura, sobre sus técnicas y sobre sus maneras de encarar la vida. Todo lo separa.
Es en todo eso que yo pienso cada vez que estoy frente a un cuadro del colorado Van Gogh y eso arruina mi siesta y la belleza estética de su pintura. ¡Mala suerte!...
miércoles, 23 de diciembre de 2020
Reconstruyendo el tiempo
Carajo, se murió el Daniel Salzano (*)
por Juan Carlos Alarcón
Nuestras dos familias eran de barrio Pueyrredón, de la calle Charcas; pero nos separaba la Avenida Patria que era una frontera peligrosa para ambos lados. Además, Daniel era de familia fanática radical y yo de familia peronista, fanática.
Recuerdo que un día le dije: nunca me saludaste, ni siquiera a la salida del cine del colegio Robles. Entonces me miró y largó una carcajada respondiendo:“Cómo te iba a dar bola si vos eras un pendejo?” Tenia razón, 5 o 6 años es una enormidad cuando uno es chico. Yo era un pendejo y él era viejo.
Pienso, que nosotros nunca fuimos amigos, aunque hubo periodos que nos frecuentábamos seguido y varias veces comíamos en familia ya que Cristina, su mujer, era también muy amiga de mi esposa. Ellas se conocían desde adolescentes.
Por aquella época muchas veces yo pasaba a buscarlo por la redacción del diario La Voz del Interior y nos cruzábamos al bar del frente a tomar cafés. Cuando yo me largué con la aventura de hacer una película, como no podía ser de otra manera, él fue uno de los primeros en hacerme una entrevista.
El día que se casó con Cristina nos habían invitado y fuimos con mi mujer. Fue el casamiento más original que asistí hasta el día de hoy. Había docenas y docenas de quesos diferentes, de todo tipo y gustos haciendo juego con panecillos también de todo tipo sobre mesas de distintos niveles y una decoración teatral. En realidad parecía la escenografía de una pieza de teatro donde los invitados eramos los actores. Algún tiempo después nos encontrábamos en el bar Unión y me dijo “No me digas que la fiesta de mi casamiento no fue linda?” Yo le respondí: Espero que nunca más te vuelvas a casar porque me recagué de hambre, los quesos a mi nunca me gustaron. Capaz que siguió mi consejo porque nunca se separó de Cristina.
Hay algo que tengo que reconocer, siempre me gustó su manera de escribir y hasta influenció en la mía. Lo supe un día cuando yo venía de borronear un poema donde había una frase “Traficante de luna / que lleva una herida en la sangre...” Allí pensé : Carajo, esto también es de Salzano. El era diabético, insulino-dependiente y varias veces yo lo había visto pincharse.
Su primer libro de poema “Oh beibi” me encantó, era una oda al cine. Pero cuando después publicó "Versos que escribí para que tocara Jelly” me marcó a tal punto que muchos más tarde cuando yo publiqué “País Chúcaro” (Ed. Recovecos) le dediqué el poema 16.
La ultima vez que tomamos un café fue unos años antes de morir. Nos encontramos por casualidad. Yo iba caminando por la Av. General Paz y él salia del edificio de los gallegos, La Casa de España. Yo no lo había visto y siento que desde atrás me dice : “Ya no saludas cordobés trucho?”
Hablamos un poco de nuestras respectivas familias, por supuesto mucho de cine y me dijo que había leído mi novela “Cuando los pájaros vuelan en libertad” y que yo no había dejado de admirar a Víctor Stasyzyn, que había sido su jefe cuando él escribía en la página de espectáculo de La Voz. Yo sonreí y estuve a punto de contarle un secreto: No, lo que quiero, es escribir como Daniel Salzano; pero ese secreto ni en pedo se lo confesaría porque nosotros no éramos amigos.
Poema 16 (a Daniel Salzano)
Alguna vez, caminé Rivadavia arriba
examinando los jardines del mercado de abasto
escupiendo nicotina
discutiendo política con viejas prostitutas.
Algunas veces, he esperado la mañana
despeinando madrugadas,
he bebido elixir de vida desde el fondo de una copa
mientras una serenata se escapaba por la ventana
del hotel Walford
y, más tarde, en el bar Claudia
al primer trasnochado que bebía café con sacarina
le pregunté por Daniel
y me respondió:
le está escribiendo a Jelly.
“País Chucaro” (Ed. Recovecos; Cba)
(*) publicado en el blog de Radio Bumerang Argentina, 2014. El 24 de diciembre moría uno de los grandes poetas de Córdoba, Argentina.
miércoles, 2 de diciembre de 2020
El misterio de un pancho
Hay misterios que quedaran misterios toda la vida. La noche estaba fría, pocas ganas de cocinar, poca mercadería en la heladera. Bueno, un pancho con dos salchichas, mayonesa y un resto de chips triturado. Cuando voy a la Argentina, por todos los lugares que paso trato de comer un pancho gigante para ver las diferencia regionales.
Aquí en Francia no es
el mismo pan, el hot-dog no es el pancho; pero, bueno “es lo que hay” diría mi
sobrina Caro cuando me hacia comer tres veces por semana polenta con queso.
Miré el pancho para
ver por donde lo atacaba. Asociación de idea?... Recuerdos que a veces brotan
como vertientes?... Lo cierto fue que pensé en un día que llegué a la
Argentina. Por ese entonces Alfonsin ya era Presidente y nosotros, los
prohibidos, ya podíamos visitar la familia y los amigos. El camino era simple,
de Ezeiza a Retiro y de Retiro en colectivo hasta Paraná. Así comenzaba mi
peregrinaje, después por todo el país.
Recuerdo que estaba
en Retiro y debía esperar un par de horas mi colectivo, y me senté en los
andenes, desde donde salen los vehículos para todo el país. Una mujer policía
se paseaba de una punta a la otra controlando las incivilidades que pudieran
ocasionarse. A pesar que vi el piso lleno de colillas de cigarrillos, me
acerqué a la mujer policía y le pregunté si allí se podía fumar, quien me miro
de los pies a la cabeza y me respondió: No, poder no se puede, pero esta
consentido. Yo fumé mi cigarrillo tranquilamente cuando veo que adentro había
un quiosco que vendía panchos gigantes. Ni dudarlo, entré me compré uno con una
gaseosa y volví afuera donde había dejado mi valija.
Yo estaba saboreando
mi pacho cuando la mujer policía se me acercó y me dijo: “Señor Alarcón, no
creo que este sea un buen lugar para esperar su transporte; seria mejor que
buscara otra forma de desplazarse” Y siguió caminando.
Nunca supe por qué la
mujer policía me pidió salir de Retiro. Podría imaginar que ella vio las
etiquetas pegada a mi valija y se dio cuanta que yo venia del extranjero;
podría... Pero cómo es que sabia mi apellido? Porque fue por mi apellido que
ella se dirigió a mi. Es un misterio que jamas pude descifrar.
lunes, 19 de octubre de 2020
Mucho silencio: Se murió el Hugo Bastos.
Siempre pensé que Hugo Bastos era uno de los grandes artistas plásticos
argentino que dio mi generación. Además tenia un humor de siete suelas, diría
el Chito Zeballos un amigo común folclorista.
Cuánto hace que nos conocíamos con el Corcho? Ese era el sobrenombre con el
cual lo identificamos a Hugo Bastos. No me acuerdo, pero ya en el 1968 él había
dibujado mi retrato que no hace mucho utilicé como tapa de un libro mio en
español “Any Lorac punto com”, Signo Vital; Ediciones Digitales.
Recuerdo que largamos juntos el secundario en la escuela de Bellas Artes
“Figueroa Alcorta” y si bien teníamos diferencias políticas de las cuales casi
no hablábamos nos unía el amor por la música folclórica, la poesía, el dibujo y
las ganas de morderle el codo a la vida.
En aquella época nos juntábamos casi todos los fines de semana en su casa para crear de todo un poco: Los dos tocábamos la guitarra, los dos escribíamos poesía, los dos dibujábamos, pero el Corcho se inclinaba mas hacia el grabado mostrando su futuro como artista plástico y yo escribiendo historias que todavía nadie leía. Por supuesto, su primera exposición la tendría que hacer conmigo “Poemas ilustrados” en la galería Avant Garde y de allí saltamos a Mar Chiquita con los mismo cuadros, mis poesías y sus dibujos. No hace mucho nos reíamos recordando esa exposición porque el Hugo comentaba, que fue la exposición mas descansada que tuvo ya que fue realizada en una sala de la intendencia de Miramar y no nos permitieron poner clavos en las paredes para colgar nuestras obras y tuvimos que poner los cuadros sobre sillas apoyadas a los muros.
Todavía recuerdo a su mamá que mientras nosotros “trabajábamos” ella nos
traía sándwiches y una jarra con jugo. Por ese entonces apareció Teresa y se
notaba que estaba enamorado porque siempre me hablaba de ella.
La vida nos fue separando porque yo tenia una doble vida: una pública y
otra mas oculta como militante peronista. Recuerdo un día que me metieron preso
el Corcho me hizo llegar un mensaje preguntándome cómo me podía ayudar. Le
respondí que si me quería un poco no se metiera conmigo para que él no tuviese
problemas. Eran épocas difíciles y él no las entendía muy bien. Sin embargo;
cada que podíamos, yo iba a su nueva casa porque ya se había casado con Teresa.
Con los años yo aterricé en Brasil, luego en Francia como exiliado
político. Pero nunca cortamos nuestra amistad, siempre que pasé por Córdoba fui
a visitarlo a su casa o por su taller de dibujos en el centro de la ciudad
donde tomábamos un vino y un par de empanadas.
Hace algunos años nos encontramos en el FB y, mas tarde, con el asunto de
la pandemia, como muchos de nosotros, nos instalamos en la red para no
cortarnos del mundo y distraernos. y de tanto en cuando charlábamos en privado.
Entonces, el Hugo me decía “cuidate loco, que todavía tenemos pendientes
algunas empanadas y un vino” porque sabia que yo estaba muy enfermo. Hasta me
pidió que le escribiera algún texto porque él quería componer un chamame.
Desde hace algunas semanas desapareció del FB, y me angustié pero no quería
preguntar por él. Cada que lo hago por amigos de mi edad me llevo sorpresas no
agradables.
Allí vienen de avisarme que el Hugo se murió.
jueves, 3 de septiembre de 2020
Ahh La Feria de la poesía en París
Juan Carlos Alarcón
Hace algunos años Clementina Rossini, poeta pampeana, vino a París a presentar un libro suyo “Saveur à vie” publicado en Francia. Con Clementina somos amigos desde hace mil años, tantos que muchos creen que somos hermanos, y fue por eso que yo la acompañé por todos lados haciendo de traductor.
Recuerdo el día que presentó su libro. En París también se desarrollaba la Parada Gay y desfilaban justo por la puerta del lugar donde se hacía ese evento cultural. Como el Barrio Latino era una locura y estábamos por llegar tarde, le pedí que se bajara del auto y le expliqué, que caminando podía llegar a tiempo a la presentación de su libro de poemas. La cuestión fue que, buscando donde estacionar mi auto, yo llegué tardísimo al lugar. Y qué veo?... La veo a Clementina charlando animadamente rodeada de personas disfrazadas, hasta algunas con muy poca ropas y plumajes llamativos.
Parece ser que a los gay también le gustaban sus poesías y varios habían decido entrar a saludarla. Yo me tenté de la risa porque si eso se sabría en La Pampa le harían bromas hasta el resto de su vida. Entonces, aprovechando que una periodista quería hacer un video entrevistándola para la TV, la tomé del brazo y nos fuimos a un bar argentino. Allí le hicieron el reportaje a Clementina mientras tomábamos mates. El Sur, en aquella época, era el único bar en París donde se podía tomar mates.
Entre la agenda que la editorial le había preparado a
Clementina Rossini, figuraba la Feria de la Poesía una semana mas tarde. donde
debía firmar autógrafos de sus libros. Cuando yo vi el programa se me puso
negro el horizonte, puesto que me habían incorporado a mí también para hacer lo
mismo con los míos “Ambición de Existir”. Recuerdo que yo puteaba en casa
contra todos los santos que conocía; pero Clementina estaba contenta y radiante
porque no estaría sola en un país donde no conocía el idioma, yo estaría
sentado a su lado. Reconozco que era un prestigio que estuviéramos invitado por
la Embajada de España en su propio stand. Si yo hubiera estado solo, seguro que
hubiera pegado el faltazo argumentado que estaba muy enfermo muriéndome, pero
respiré hondo y decidí ir con la Clemy, como la llamo cariñosamente.
Creo que fue el segundo o el tercer día que nos tocaba a
nosotros. Sí recuerdo bien es que llegamos temprano, antes de que se abriera al
público, y aprovechamos para tomar un café en un bar al frente de la plaza
Saint-Sulpice donde se realizaba la Feria de la Poesía. Clementina de repente
me dijo “Pará loco, te conozco bien y cuando vos tienes esos ojos pícaros es
porque estas tramando algo!”. Yo pensé que no era justo que mi amiga crea esas
cosas de mí.
El stand de la Embajada de España era como todos los stand de todas las ferias de libros, estanterías repletos de autores españoles y varios latinoamericanos, una mesa larga con un mantel blanco que llegaba hasta el suelo y encima más libros. En esa mesa había cuatro cartelitos con los nombres de los poetas que ese día estarían en contacto con el público. Por supuesto Clementina haciéndose la tonta cambió el orden de los cartelitos poniéndome a su lado para que nosotros pudiéramos chusmear tranquilos mientras firmábamos autógrafos. Recuerdo que cuando se abrieron las cortinas una marea de gente se balanceó sobre nosotros. Yo levanté rápido los dos brazos en alto gritando “soy inocente” mientras Clementina dibujaba la mejor de sus sonrisas y escuchaba, sin entender nada, lo que le decía la gente. Yo nunca tuve suerte con esos tipos de eventos culturales, cuando estaba por firmar el segundo libro se me cayó la birome al piso, debajo de la mesa, y me agaché a recogerla.
Clementina me contó
después, que estaba preocupada porque yo había desaparecido de golpe y los
gallegos me andaban buscando por todos lados. Lo que pasó fue que estando
debajo de la mesa vi la punta como un túnel tentador y en cuatro patas me fui
deslizando hasta escapar por allí. Luego me fui tranquilo a tomar un café a un
bar y leer un libro esperando que terminara mi amiga pampeana de firmar sus
libros. Los ojos que tenía Clementina cuando me encontró despedían fuego “Yo
sabía que algo estabas tramando esta mañana”. Entonces puse cara de inocente
como esos chicos que hacen travesuras y para demostrarle que un accidente puede
sucederle a cualquiera la invité a cenar en Montmartre frente a la Place
Tartre, la de los pintores.
Reconozco que me
salió más caro que si yo mismo me hubiera comprado todos mis libros, ya que la
finalidad de las ferias de libro es para eso, para que las editoriales vendan
más. Por eso digo a menudo, que los salones y las ferias de libro no son otra
cosa que grandes librerías colectivas con animación de autores.
jueves, 30 de julio de 2020
Coincidencia
Juan Carlos Alarcón
Recuerdo, fue un día cuando estaba dando clase, descubrí una estudiante al fondo de la sala, casi escondida. Hasta ese momento ella no había hecho ninguna pregunta, se mantenía con una discreción enorme. Yo la descubrí por casualidad y le pregunté ¿por qué teniendo unos ojos tan hermosos me los quería ocultar escondiéndose detrás de los otros estudiantes? Ella me miró sorprendida y se veía que su timidez era enorme como la torre Eiffel y no sabía que decir. Entonces, le comenté: cuéntame un poco el tema de la clase como si fuera una conversación al oído, una conversación entre amigos. Luego agregué: yo tengo una sobrinita que tiene tu misma sonrisa y ella, que es no es tan tímida como vos, sonríe siempre.
Lo único que atinó a responder la estudiante fue:
- ¿Y cómo se llama su sobrina? Me mató. Eso no lo
esperaba. Entonces sonreí, le pasé mi mano cariñosamente por su mejilla, y
dije:
- Lisbeth.
Ella terminó por asesinarme del todo cuando respondió:
- Yo también me llamo Lisbeth!
Siempre pensé que la vida tiene imprevistos
imponderables. Entonces le comenté que cuando pase su examen final, ella ya
tiene tres puntos a su favor y todo el mundo se cagó se risa.















