sábado, 27 de junio de 2020

Hablemos de amor


Juan Carlos Alarcón

El otro día, cuando necesitaba ubicar una amiga con la cual trabajo y que anda medio prófuga; su mamá me dijo: “La nena está saliendo con un pibe y ha perdido los pedales”.
Por supuesto, ya no se puede creer en las promesas de citas de trabajo con amigas enamoradas y decidí ir al cine a ver “Identificazione di una donna” (identificación de una mujer), un viejo filme de Michelangelo Antonioni que realizó en el 1982. Pocas personas conocían mejor a la mujer que él. Pero a la salida del cine me encontré con otra chica que estaba medio destruida por haber amado. Eso me hizo pensar ¿qué es lo que yo hacía cuando una mujer me abandonaba y quedaba dolorido y embroncado? Yo canalizaba mis penas escribiendo poemas, cosa que nunca me solucionó el problema con las mujeres, y como fueron tantas las que me largaron eso hizo que me transformara en poeta y hasta pude publicar varios libros. La gente con experiencia diría: no hay mal que por bien no venga.
Esto del amor es simpático y pertenece a lo cotidiano de cualquier persona. Teorías se han desarrollado demasiadas. Pero cuando uno habla de amor, sin lugar a dudas también está hablando de sexo, a tal punto que también escuché decir que era mejor tener amigas que pareja, porque el sexo echa todo a perder y complica las relaciones entre los seres humanos. Claro, yo soy un viejo setentista con teorías hippies comunitarias y recordé rápidamente a James W. Prescott, nuestro ideólogo intelectual de la época, que decía convencido que la privación de placeres físicos constituían la raíz de la violencia, porque cuando los circuitos del placer están encendidos los de la violencia están apagados y viceversa. Según el gran James, una personalidad orientada hacia el placer manifiesta raramente un comportamiento agresivo mientras que una personalidad violenta casi no es capaz de experimentar y de gozar de actividades sensualmente placenteras. En resumen, si el placer o la violencia se acrecientan el otro decrece.
Si Trump hubiera leído a James Prescott seguramente que en vez de enviar a sus soldados cargados con armas y municiones los hubiera enviado con preservativos y flores, yo les aseguro que eso hubiera desorientado a cualquier enemigo. Esto me lleva a pensar que el amor también podría ser una cuestión política, de socialización entre los seres humanos.
Según Helen Fisher, famosa antropóloga que estudia la química del cerebro involucrada en el amor y el sexo, explica que hay tres motores para las interrelaciones: el sexo, el amor (“cuya actividad cerebral es muy parecida a la de la coca) y el apego. Aunque uno, no lleve necesariamente al otro. El orgasmo genera las sustancias químicas necesarias para generar y sentir apego. Cuando no hay orgasmo, no hay apego y sin apego no hay sociedad. Una excelente razón para tener sexo creando un compromiso social. No importa si cuando nos abandona la pareja que nos dejan con una rabia inconmensurable recurrimos a “Poema a una mujer” de Cortazar para consolarnos.
“Eso es hacer el amor como los animales” me replicó escandalizada una vez una mujer que había hecho de la fidelidad un templo de idolatría. Pero reconozco que la idea de hacer el amor como los animales es siempre tentadora, y allí siempre hay un etólogo para ver los rituales del cortejo y el apareamiento como armoniosas aventuras, los delfines tienen sexo por placer como los seres humanos y el cerdo tiene orgasmos que duran 30 minutos. Claro que hay etólogos que agregan que hay algunos animales no cooperativos, como por ejemplo la mantis religiosa en la cual la hembra se come al macho durante la cópula. Yo conocí seres humanos que hacían casi lo mismo. Existen conflictos de intereses entre macho y hembra en el cortejo y el apareamiento.
La cuestión es que el sexo es visto como formando una incómoda alianza, en la cual cada uno trata de maximizar su propio éxito en propagar sus genes. Los animales cooperan porque ambos propagan sus genes por medio de la misma progenie y por lo tanto cada uno apuesta el 50 por ciento en la supervivencia de las crías. Pero si tenemos en cuenta lo que explica del ser humano la neuropsiquiatra Dra Louann Brizendine en The Female Brain, el 85% de los hombres entre 20 y 30 años piensan en sexo ¡cada 52 segundo! ¿Cómo no voy a estar nostálgico de mis 30 años?
En Archives of Sexual Behavior, psicólogos de la Universidad de Texas publicaron y caracterizaron 237 razones sobre porqué deseamos tener sexo hombres y mujeres, lo que demuestra la complejidad psicológica del tema. 237 razones en el lenguaje corporal, comandado por el cerebro, es un laberinto más complicado que un teorema de Pitágoras. Entonces cuando mi amiga preguntó que consejo podría darle para vencer el sufrimiento que estaba produciendo esa ruptura de amor. El consejo que me salió fue simple, sobre todo para quienes van a debutar a ser infieles: No se dejen descubrir como estúpidos... ¡sobre todo la primera vez!




viernes, 12 de junio de 2020

La venganza se come en plato frío


Juan Carlos Alarcon


Yo podría haber sido jugador de fútbol, acaso mejor que Maradona y Messi juntos, pero mi papá que tenía un humor raro me cortó las ganas de raíces. Siempre me retaba porque yo tenía la costumbre de patear todo lo que encontraba tirado en mi camino: latas de tomates, cajas vacías de cartón de vino chinche, hasta el “Soberbio” debía andar esquivando mis chuteos.
Todavía lo recuerdo. Mi papá escribía con la derecha pero a la taba la hacía bailar con la mano izquierda. Papá era un gigante que solo reventaba los pulmones para expresar los goles de Racing de Córdoba. Eran momentos muy excepcionales que solo ocurrían una vez o dos veces al año.
Un día casi se murió de tanto reír. De viejo me confesó que hasta le había dolido el pecho. Fue cuando quiso curarme esa manía de patear todo y metió una bocha de madera adentro de una media y la dejó a un costado del patio de tierra. Carajo, yo la pateé como si fuera un penal!!!
Me llevaron a ver a doña Rosa, la curandera sin titulo del barrio, porque creían que yo me había quebrado los tres dedos más lindo de mi pie.
Mientras mamá explicaba a doña Rosa el accidente, papá se puso a comer una manzana para taparse la boca y así no volver a tentarse de la risa. Pero la curandera salió cara. A doña Rosa se le pagaba con gallinas y como las únicas que quedaban en el gallinero de casa eran las ponedoras mi mamá le dio el gallo, ese que le llamaban el “Soberbio” por su manera engrupida de pararse.
Mi papá largó lágrimas, pero con mamá no se discutía, y el camino de regreso lo hizo rabiando entre los dientes, hasta chuteó un perro que se le cruzó entre sus piernas. Fue así que mi papá dejó de ir, los domingos a la mañana, a los combates de riña de gallos y, desde entonces, lo obligaron acompañarnos a la misa. Le cagaron el “Soberbio”. Y esa fue mi mayor venganza!

jueves, 21 de mayo de 2020

ANÉCDOTAS DEL ENCIERRO


Juan Carlos Alarcon

La carrera:
Ayer tenía turno con mi médica en el hospital. Dos ambulancia llegamos casi al mismo tiempo y dejaron las dos camillas una al lado de la otra bloqueando las puertas corredizas, mientras ellos cerraban sus vehículos. Cada una va con dos personas para-médicos. Luego, los cuatro se miraron extrañamente; entonces uno me dijo a mi: “Agárrese fuerte de los costados”.
Los hospitales tienen un protocolo donde todos los pacientes deben pasar por ventanillas administrativas antes de ir al consultorio externo para que los atienda el médico. En general hay filas impresionantes de espera, pero solo una ventanilla es prioritaria para las ambulancias. Allí se veía que no había nadie y las dos camillas circulamos corriendo para llegar primero. Nosotros ya le habíamos sacado un poco de ventaja cuando vino corriendo un tipo detrás y nos paró de golpe:
-Aquí no entra nadie sin lavarse las manos, dijo y nos tiró varios chorros de alcohol gel sobre las manos para que nos higienizaremos bien. Cuando continuamos ya el otro grupo nos había ganado.
-Jodeme!..., diría mi sobrinita Lisbeth.
Por primera vez yo hacía una carrera en vehículo co-guiado por dos chóferes y la perdimos por cuestión de la burocracia institucional.

Justo lo que prefiero:
Me digo que esto, del de-confinamiento paulatino, me trae líos familiares y uno debe saber tirar conclusiones. Resulta que tengo un nietito que es un desgraciado: me ve comiendo helado y me dice “justo lo que yo prefiero!...”  Me ve con un chocolate, “justo lo que yo prefiero!...” y siempre me está cagando con todo.
Mi hija me habló por teléfono para decirme que pasaba por casa con su hijo, el atorrante. Entonces pensé que esta vez no me embromaría así es que, cuando entraron yo manotee el escobillón y cuando mi nieto iba hablar, lo corté en seco: “Sí, ya se, es justo lo que vos prefieres!!!” y con la cabeza le señalé el comedor. El desgraciado me miró fijo y respondió: “No, no!... Eso es lo que prefiere mamá!” En resumen, mi hija se puso a limpiar mi casa y el atorrante de mi nietito fue a la cocina, se bajó el barbijo a su cuello y volvió con un frasco de dulce de leche que yo venía de comprar, luego, respetando la distancia social, se sentó en el sofá con los pies cruzado a comerlo con una cuchara mientras miraba TV.
Ahora mi hija casi no me habla y mi nieto me dejó casi sin dulce de leche. Conclusión, tengo que cambiar de familia para evitar los problemas y poder vivir tranquilo.

Es fácil no querer más
En estos periodos de encierro es fácil dejar de querer a una mujer. Aquí estamos en plena primavera, hay un sol hermoso y la temperatura es bastante agradable. Entonces con un poco de esfuerzo saqué una silla al balcón de mi casa y me senté con la cabeza hacia atrás disfrutando del momento. Fue cuando entró la enfermera que viene todos los días a visitarme. Yo estoy enamorado de ella a pesar que nunca le vi la cara completamente ni la piel de sus manos. Ella me vio y gritó: “Qué diablo hace allí?” y me agarró de una oreja y me llevó de nuevo a la cama. Por supuesto, allí dejé de quererla!


Caricias:
-“Che loco, vos sos de población en riesgo, tienes demasiado años y estas bastante achacado; con esto del covid-19 ya no podes salir más a la calle ni para comprar tus cigarrillos”
-Y cómo hago para visitar a mi adorable médica? Además es joven y hermosa.
-Pero no podes tocarla, y mi amigo se mató de risa.
-Juass, no importa, es ella que me toca a mí



La solidaridad:
Hace unos días me sucedió algo que me llevó a reflexionar, hasta dónde puede llegar la solidaridad en este tiempo
Me levanté temprano, me lavé bien las manos, la cara y me puse un  barbijo. En el momento de salir a la calle me crucé con un vecino que dijo;”Qué hace afuera? Si necesita algo dígamelo que yo voy por Ud.”
 Yo sonreí y le respondí; Dale!!! Entonces le di la ordenanza médica, ya que todas las semanas debo ir al laboratorio medicinal a que me saquen sangre. Mi vecino me miró con cara de pena y me devolvió la receta médica:
-”Bueno, si se cruza con algún virus dele saludo de mi parte, y entró de nuevo en su casa.”


jueves, 26 de diciembre de 2019

LA MUJER ALQUILADA



¡Ah, he dormido un sueño de muerto!
¡Verdaderamente, un sueño de muerto!
(Yanusari Kawabata "Las bellas dormidas")


¿Es el destino que produce nuestras elecciones en la vida o son las elecciones que hacemos que determinan nuestro destino? Lo pensé mientras observaba el lugar, porque estar en ese sitio no se debía al destino. De todas maneras sabía que eso no explicaría mi comportamiento, ni tampoco podría justificar mi presencia en ese lugar, y decidí cambiar de pensamientos para no meditar demasiado sobre la responsabilidad de mis actos. A cierta edad uno ya no pretende asumir más las responsabilidades.

El cuarto no era un cuarto sino un salón amplio con una mesa pequeña puesta discretamente contra la pared, pero no tanto como para ignorarla y, sobre la mesa, había un puñal de mango corto. En realidad tampoco era un puñal extraordinario ni siquiera tenía nada de original, era más bien uno de esos cuchillos que abundan en los escaparates de cualquier comercio del ramo y que aparentan no tener propietarios ni valor.

La mesa era rectangular, daba la impresión que sus patas habían sido cortadas a la mitad para ser baja y tampoco era original ni artística. La mesa, estaba cubierta con un paño azul obispo, que pretendía ocultar su sentido banal, y estaba justo debajo de un crucifijo de madera, donde la imagen de Cristo parecía sufrir más de lo habitual. Sin dudas ese era un rincón religioso y místico.

Delante de la mesa, sobre el piso, había un almohadón cuadrado donde uno podía arrodillarse para rezar o al menos era la idea que se pretendía dar. Ese rincón había sido preparado cuidadosamente, como si alguien hubiera tratado de armar una capilla casera para sus huéspedes. Sonreí, porque yo era cristiano más por tradición que por convicción. Desde niño aprendí que tenía que ser católico y que debía seguir algunas reglas que no siempre llevé a cabo por simple negligencia.

La estancia era grande y se asemejaba al establo de una propiedad de campo, decorado y ordenado para la circunstancia de mi estadía. Se podía caminar tranquilamente sin experimentar la sensación de asfixia; pero indudablemente ese lugar jamás había servido como establo. La estancia se encontraba en el primer piso de la vivienda y el único acceso posible estaba ubicado en el interior, había que subir la escalera hasta llegar al cuarto transformado en establo, sin que jamás haya sido establo. Ese lugar nunca había servido como cobertizo de animales de ninguna especie, aún cuando se sintiera el olor de la alfalfa y se pudieran ver restos de pastos secos y herramientas de labrador.

El ambiente me resultaba familiar, evocaba mi adolescencia ¿Cuántos nombres queridos quedaron borrados de mis recuerdos? ¿Cuántas vivencias se acumularon detrás de sufrimientos y alegrías repetidas? El lugar estaba bien decorado, pero la cama contra la pared desentonaba en esa escenografía campestre. Era una cama antigua pasada de moda, como esos lechos que se utilizaron en otra época cuando el espacio de las viviendas no significaba un lujo.

Mis padres habían tenido una cama enorme de dos plazas y media, como si no quisieran molestarse cuando dormían. Por entonces, yo estaba convencido que era mi madre quien había escogido ese tipo de cama porque le molestaba la presencia de mi padre. Ella dormía acurrucada en el lado opuesto, buscando aumentar la distancia que la separaba de su marido por las noches. Dormía en silencio, casi sin respirar, procurando no despertarlo. Yo muchas veces los había espiado y los había descubierto en esa posición. Mi padre tenía otro comportamiento; dormía de espalda con los brazos abiertos, como si estuviera por ser crucificado y roncaba con la fuerza de un toro cansado después de haber trajinado toda la jornada. Mi padre era campesino y no lo ocultaba ni cuando dormía. Su sueño profundo, agitado y pleno de ruidos extraños, contrastaba con el sueño de mi madre que parecía dormir con miedo, con temor a despertar a su marido. Pero ¿por qué me ponía a recordar cosas transcurridas ya hacía muchos años? ¿Era el ambiente aldeano que me producía esas asociaciones de ideas? ¿O simplemente era la cama que se parecía a la de mis padres? Posiblemente las dos cosas.

Esos recuerdos todavía estaban marcados dentro de mí. Recuerdo que en los otoños mi padre preparaba los víveres para el invierno, era la época de faena y carneaba animales para hacer embutidos que apilaba en el galpón, detrás de la casa. El sabía explicarme que la faena tenía que ser precisa y rápida, sin dar tiempo a las bestias de sentir que estaban muriendo. Mi padre tenía toda una teoría con respecto al sufrimiento de los animales y trataba de inculcárnosla. Sin embargo, nunca seguí sus teorías piadosas, yo experimentaba una especie de placer con la muerte y, la primera vez que me dejó utilizar el cuchillo para degollar un lechón se lo clavé en el vientre. En realidad lo hice a propósito, para que el animal se diera cuenta que estaba por morir, ¿para qué engañarlo? Deseaba ver su miedo ante la muerte. Fue un placer salvaje que sentí, pero no dije nada para evitar una reprimenda mayor. De todas maneras sabía que, teorías piadosas o no, el lechón terminaría en embutidos sobre los platos de nuestra mesa.

Mi historia estaba atada al campo y mis reminiscencias pertenecían a esa época de la infancia. Sin embargo, esa cama no era igual a la de mis padres que tenía respaldares de hierro forjado, y que alguien de la familia había fabricado especialmente como regalo de boda dónde hasta el pequeño espacio que ocupaba mi madre parecía haber sido construido como un refugio. Esta otra poseía respaldos en madera rústica, al estilo provenzal, y no daba la impresión de que quien la hubiera fabricado hubiese puesto un sentimiento particular. Seguramente porque desconocía el destinatario de su trabajo. La cama de mis padres estaba impregnada con la personalidad de sus ocupantes. ¿Por qué continuaba pensando en ellos y sobre todo en mi madre? Su muerte se produjo cuando yo era niño y mis reminiscencias eran indefinidas.

Tuve deseos de reír, y me senté en un sillón con una copa de vino en la mano. La culpa de estas elucubraciones y reminiscencias, como de los acontecimientos que se desarrollaban, la tenía sin lugar a dudas Yanusari Kawabata con su pérfida historia de "Las bellas dormidas". Las camas no eran iguales y la mujer que dormía en ese momento tampoco era una mujer; en todo caso todavía no era una verdadera mujer, se parecía más bien una niña que aparentaba tener 23 años aún cuando en realidad tuviera 27. Su belleza se componía de la frescura espontánea de la juventud, como esos pimpollos de flores que comienzan a reventar con los primeros calores de primavera. Pero toda su apariencia era engañadora porque era una mujer alquilada que venía de una ciudad agrícola.

Era más de media noche, afuera el clima continuaba cálido y lleno de silencio. Entonces pensé que sería agradable salir a caminar por el campo, sentir el perfume silvestre de la hierba mojada por el rocío, pero el cansancio nocturno comenzaba a invadirme y decidí continuar en el interior del establo transformado en dormitorio sin que nunca hubiera sido establo ni dormitorio.
A los 89 años uno se cuida de la humedad nocturna y de los cambios de temperatura, aún cuando fuera primavera. Sin embargo ¿qué importancia podía tener el tiempo en ese momento? Me lo pregunté sin muchas ganas de responderme. Adentro me encontraba bien, la temperatura había sido mejorada con la ayuda de algún artefacto eléctrico que se notaba a simple vista.

La joven proseguía durmiendo profundamente y, como en la historia de Kawabata, tampoco se despertaría hasta el día siguiente sin interesarse por los acontecimientos que durante su sueño podrían ocurrir. La observé con ternura, sabiendo que era un sentimiento que no correspondía a esa realidad y hasta podía parecer ridículo. El ambiente era cálido y la joven se había destapado por instinto dejando al descubierto la mayor parte de su cuerpo desnudo.

Ella estaba allí exánime, ignorando mi presencia. Yo podía acariciarla sin impedimentos, sin la vergüenza de los viejos vetustos y hasta podía liberar todas mis fantasías sexuales. Podía jugar con su cuerpo en libertad y hasta morderla sin riesgo de despertarla ni de hacerla sufrir. Pero, a los 89 años, las fantasías también se van atemperando y concluyen durmiendo entre los recuerdos que abundan cotidianamente, por eso me limité a contemplarla, como quien observa una escultura por sus formas delicadas y su belleza estética.

¿Hasta dónde la presencia de la joven podía ser consecuencia del destino? Lo imprevisible no existía ¿o acaso debía aceptar la idea de que el destino es una simple mezcla de imprevistos que se producen en orden cronológico? Fue en ese instante que pensé en que debía haber traído el libro de Kawabata. Al fin y al cabo si me encontraba en ese lugar era por esa razón. En ese tiempo Borges también me fascinaba con sus historias inverosímiles. Pero Borges con su moral victoriana me incomodaba, en cambio Kawabata, pagano e irónico con su cultura mística y dramática, lograba crear una atmósfera poética y su obra despertaba mis instintos sensoriales más profundos.

Cuando leí por primera vez "Las bellas dormidas" fue en una versión francesa mal traducida y me pareció un libro erótico que había logrado transmitirme sus propias fantasías. Mi esposa ya había fallecido hacía muchos años y me dije que debía calmar mis energías libidinosas con una prostituta, sin que en realidad pudiera hacerlo a causa de la vergüenza. Una puta reiría a carcajadas del viejo cárcamo que yo era entonces y terminé por incorporar otra nueva frustración a mi vida. En realidad, siempre estuve cargado de autocensuras, eran sentimientos de culpabilidad que a menudo torturaban mis pensamientos.

La acumulación de culpas y tormentos, de pecados y martirios, me transformó en poeta. La mala fortuna de jugar con las palabras y la imaginación, o simplemente una primera desilusión amorosa, hizo que de a poco fuera construyendo poemas que nadie leía, porque eran mis propios sufrimientos, mis propias culpas de no saber amar. No obstante, algún tiempo más tarde, me presenté a un concurso de poesía que no gané, pero me sirvió para confirmar una vocación que me seguiría a lo largo de la vida y los libros se sucedieron para alimentar mi vanidad de escritor de amigos.

Recuerdo el día que cumplí 73 años, toda mi familia se había reunido para festejarlo, fue un día feriado y algunos de mis nietos llegaron acompañados de amigos. Enrique, el más grande, lo hizo con una joven con la que andaba en amoríos. Era elegante, esbelta y vestía una pollera muy corta mostrando sus piernas moldeadas que todos los hombres admiramos en silencio. Ella estaba habituada a ser admirada y se desplazaba sin inhibición, como si la mirada impertinente de los hombres fuera un acto natural y justo. Varias veces se me aproximó interesada por cosas del pasado. El pasado parecía tener una importancia grande en su vida. Pero cuando estaba frente mío, parecía mudar de comportamiento y se sentía incómoda, casi enojada con su pollera corta. Recuerdo que sentí vergüenza de haberla observado como lo hacían los otros hombres y traté de hacer abstracción de sus piernas. Alguien comentó irónico, que estaba haciendo méritos para entrar en la familia, pero yo no sé qué pensé.

Ella me recriminó haber abandonado la escritura, como si la producción literaria –dijo- fuera un trabajo para preparar la jubilación. Ella era una pesimista histórica, y nos hacía responsables a los viejos de la herencia de sentimientos confusos dejados sobre las espaldas de los jóvenes. Me gustó su insolencia que mostraba sin maldad, apenas como una constatación de actos y consecuencias. Me habló de su infancia, de sus estudios y de su anhelo por ganar un espacio literario porque también escribía. Ella había leído la mayor parte de mis libros y me los comentaba sin esperar explicaciones. Recuerdo que me quedé dormido y, cuando desperté, ella continuaba a mi lado leyendo un libro mío. Hacía calor y la transpiración se le pegaba a la piel, su blusa amarilla dibujaba la forma de sus senos agitados.

A los 73 años, uno ya se es decrépito, pero aún restan fuertes vestigios de sexualidad que no se llevan a cabo por vergüenza de enfrentar a una mujer. Cristina me había despertado deseos carnales, y yo la recordaba con su blusa amarilla pegada al cuerpo. Esas imágenes alimentaban mis fantasías con tanta intensidad que un día tomé la decisión de ir caminando hasta la calle de las putas. Era media mañana y no había mucha gente, el comercio del amor parecía ser más próspero de noche, como si las sombras valorizaran más los placeres.

Recuerdo, que comencé a buscar una mujer joven que se le pareciera; sin embargo, cada vez que me encontraba delante de una joven prostituta un sentimiento de encogimiento invadía mi cuerpo, entonces me dirigía hacia otras de mayor edad. Pero como la vergüenza no disminuía, continué buscando hasta finalizar delante de una mujer tan vieja y achacada como lo era yo mismo. La miré con piedad, con repugnancia y tuve ganas de vomitar... Y vomité salpicándola íntegra. La vieja prostituta me miró sin comprender, o tal vez comprendiendo y por eso me tomó de un brazo para ayudarme a encontrar un sitio donde apoyarme.

La memoria es lo único que no se pierde, me lo dije convencido por todos los recuerdos juveniles que había logrado despertarme Cristina. Pero, delante de esa prostituta con sus dientes corroídos por tanta nicotina, delante de esa vieja sin forma de mujer porque los años ya la habían castigado mucho, sentí un hastío profundo, como si estuviese traicionando todas mis reminiscencias. Ella me miró sonriendo, reconociendo su calco deplorable. Yo estaba aturdido y avergonzado, la situación se había tornado grotesca y la gente nos contemplaba entre divertida y apenada porque nosotros éramos el espectáculo decadente de la miseria humana.

Por fortuna, un amigo de mis nietos, pasó por el lugar en ese instante y cuando me vio en semejante trance, pensando que una indisposición a mi edad podía ser delicada, vino urgente en mi ayuda.
- ¿Qué sucede don Pablo? -interrogó preocupado.
- Hace más de una hora que estoy buscando la panadería y creo que me he perdido.

La anécdota de la panadería debe haber recorrido varias veces el mundo, porque hasta hace poco la continué a escuchar con nuevos agregados que descomponían de risa a los auditorios.
A partir de ese día mi familia pensó que era peligroso dejarme aventurar solo por las calles y, desde entonces, cada vez que pretendí salir a caminar, siempre había un chico que me acompañaba para evitar que me perdiera de nuevo. La libertad se me restringió, pero no me molestó demasiado porque ya había abandonado la idea de hacer el amor con una mujer.

De todas maneras Cristina desapareció luego de romper su noviazgo con mi nieto, y como Enrique comenzó una nueva etapa casándose con otra mujer a la que todos parecían querer bien, ya nadie habló más de ella.

Muchas veces pensé que la escritura era una trampa en la que es fácil caer, uno juega con los sentimientos como quien juega con las palabras y la moral es una frontera sin sentido, sin límites. ¿Por qué pensaba en Cristina? ¿Es que las personas se vuelven significativas sólo por la intensidad de los encuentros? Es posible. O quizás la presencia de la joven en el lecho me llevara a recordarla. De alguna manera, también me estaba prestando su cuerpo, aún cuando lo hiciera por dinero y no pudiera verme por su estado de total inconsciencia. Pero rápidamente mudé de idea, esta joven no me prestaba su cuerpo, ella no me conocía, lo suyo era un servicio social como el de esas enfermeras que cuidan a sus pacientes durante toda la noche. En esa actitud no había romanticismo ni sentimiento alguno, en cambio, en el acto de Cristina hubo un valor mucho más profundo ¿Qué podía pensar Cristina si supiera lo que estaba sucediendo allí? Seguramente lo comprendería. Más aún, quizás la hubiera inspirado para escribir una historia. Yo mismo hubiera hecho lo mismo si tuviera 30 años menos. Sin embargo dejé de escribir el día que descubrí que mi imaginación se había tornado salvaje para mi edad y que, entre la imaginación y la realidad, las fronteras se habían vuelto una forma peligrosa de vivir. Mi vida era calma, tranquila, como esos ríos que corren pasivos por las llanuras, pero que en el fondo están llenos de torbellinos, de corrientes subterráneas, transformando las apariencias serenas en arriesgados sistemas de vida.

El japonés Yasunari Kawabata engendró la solución a mis problemas libidinosos. La idea del amor como último acto de la vida se me fue encarnando poco a poco. En la historia de Kawabata, los viejos decrépitos contrataban los servicios de un prostíbulo, dónde las jóvenes eran drogadas y dormían durante el tiempo en que los viejos liberaban sus fantasías. El método no era muy ortodoxo, pero de esa forma los pobres ancianos no soportaban la humillación senil. Por otro lado, las jóvenes desconocían a sus clientes, liberándolos de la vergüenza de ser reconocidos más tarde en la calle. Visto desde ese punto, el prostíbulo no era un prostíbulo sino una especie de centro de asistencia para ancianos. Claro que eso podía existir solamente dentro de la cultura japonesa, donde el respeto por la vejez era evidente, más allá del cinismo del relato de Kawabata.

La idea era interesante; pero en una sociedad occidental, establecimientos de esa índole no podían existir. A los viejos nos controlan los gastos personales, como si fuéramos niños irresponsables, disminuyéndonos la posibilidad de contar con nuestros propios fondos y poder pagarnos un buen placer.

Lo que sucedió con mi amigo René fue un ejemplo claro de la incomprensión humana. El gustaba de las mujeres y siempre había corrido detrás de ellas, se complacía teniendo sus relaciones sexuales en los sitios más inverosímiles: en los ascensores, en las playas de estacionamientos, en las aceras públicas, en los pórticos de los edificios o en el interior de las salas cinematográficas. Era un hombre insólito, inesperado e inconcebible y, siempre, nos deparaba sorpresas con sus aventuras sentimentales. Recuerdo que, durante una fiesta familiar, se puso a hacer el amor con su prima debajo de una mesa, y cuando lo descubrieron se produjo un escándalo general. Pero él era así, necesitaba del sexo para vivir y a los 74 años continuaba con toda su efervescencia erótica.

Creo que fue más o menos por esa época, estábamos conversando tranquilamente en la plaza cuando descubrimos una pareja de jóvenes sentados en otro banco. No estaban muy lejos de nosotros y pudimos verlos en pleno acto sexual; el muchacho tenía a su compañera a caballo dándonos la espalda, sus movimientos no eran violentos, más bien discretos y armoniosos, pero la muchacha no podía controlar sus gemidos de satisfacción y eso fue lo que atrajo nuestra atención. El hecho nos causó mucha gracia, nos recordaba nuestra juventud lejana y rememoramos algunas anécdotas ya casi olvidadas. Sin embargo, después de ese espectáculo, René quedó muy excitado y le pidió dinero a su hijo para pagarse una prostituta. Fue otro escándalo, dijeron que se había vuelto loco, lo catalogaron de viejo verde, de perverso sexual, de maníaco incorregible. Semanas más tarde, lo internaron en un geriátrico ocultándolo a la sociedad, lejos de todas las tentaciones, porque había cometido un grave delito, demostrar que los ancianos también podían mantener una sexualidad activa. El pobre René no pudo soportar ese nuevo sistema de vida y finalizó muriéndose mucho antes de lo que él mismo hubiera pretendido.
- ¡Pobre René!, comenté casi en voz alta. El, que tanto llegó a gustar de las mujeres jóvenes, esbeltas y elegantes, y que era capaz de llevar en una libreta la cuenta de sus conquistas para orgullo de nuestra clase machista, tuvo que morir rodeado de otros viejos enclenques, caducos y celosos de los secretos. "¡Pobre René!", volví a repetir, pero esta vez tiernamente.

La joven continuaba durmiendo en la cama. La noche debía ser inolvidable, suntuosa, significativa y, por consecuencia, la más fatídica de mis 89 años. Únicamente por esa razón debía dedicársela a la memoria de René. Y así lo hice.

Me senté en el borde la cama para desvestirme y de pronto mis manos comenzaron a temblar como si me atacara el mal de Parkinson, pero no podía ser esa enfermedad. A pesar de mi edad todavía mis fuerzas motrices respondían a las órdenes del cerebro. Mis manos se sacudieron irregulares y sentí una especie de cosquillas debajo de la axila. Sonreí. Era un movimiento somático que, cuando me contrariaba alguna situación, mis manos se ponían a temblar de rabia, quizás por la impotencia de no poder modificar el destino. A veces me divertía y otras tantas me encolerizaban. Sin embargo, me extrañó en ese momento donde nada parecía contrariarme, todo se iba desarrollando como estaba previsto, se había buscado controlar el azar en todos sus detalles. No había motivos para inquietarme. Acaso me faltaba solamente la excitación de la semana anterior cuando me preparaba para el evento de esta noche, pero eso no era una contrariedad, la conmoción había sido remplazada por otro estado de reflexión, calmo y tranquilo y sin duda me hallaba satisfecho con lo que estaba viviendo. Decidí esperar unos instantes para que pasara el temblor de mis manos que, normalmente, era pasajero y duraba apenas unos minutos.

A un costado del lecho, cuidadosamente doblado, había un pijama. Los organizadores habían considerado todo, hasta los mínimos pormenores y no tenía motivo para quejas, el servicio saciaba los anhelos más encumbrados de cualquier visitante. Me puse el pantalón dejando el torso desnudo según mi antigua costumbre.

A diferencia de Eguchi, el personaje de Kawabata, yo sabía el nombre de la joven que dormía; se llamaba Any Lorac y era estudiante en un jerarquizado establecimiento universitario. Any era un diminutivo posiblemente de Ana y eso le daba un contenido humano a su comportamiento inerte. Es cierto que hubiera preferido poder conversar con ella, discutir sobre la condición humana y sus mecanismos psicológicos, pero también era normal que ella prefiriera estar anestesiada sin tener conciencia de los hechos que debía vivir. Estar despierta, podía causarle un trauma difícil. Por eso no me extrañé, yo mismo había propuesto esa alternativa al japonés que organizaba todo.

El japonés me había comentado que Any Lorac, a su manera, también era una prostituta que se vendía por bienes materiales y que tenía experiencia con los ancianos. Se había hecho mantener por un hombre de 60 años para terminar sus estudios y hasta se había acostado con su tío de 75 años para que le dejara el campo que poseía, ya que no tenía herederos directos. Ella no tendría problemas de dormir con un viejo decrépito.

Any era joven, se notaba en la textura lisa de su piel y parecía haber frotado su cuerpo con productos suaves que olían a madreselvas impregnando las sábanas con cremas y colonias de buen gusto. Tenía una abundante cabellera rubia dispersa sobre la almohada, imagen de una sacerdotisa enormemente bella, y tal como correspondía a todas las sacerdotisas respiraba armónicamente aguardando caricias más idólatras que su propio culto. Ella había nacido para ser admirada, como un objeto de arte o para recordarnos, a nosotros los hombres, que las mujeres continúan siendo el centro del universo y del sentimiento sublime del amor. Había nacido para ser admirada y yo la admiraba con la ternura de un hombre que ha llegado al fin de sus días. Any Lorac tenía los cabellos dorados, como el sol de un mediodía de verano, demasiado dorados para mi gusto, y de pronto me intrigó la autenticidad del color. A lo mejor se los había teñido desvalorizando la originalidad de su belleza agreste; después de todo, la moda era teñirse los cabellos con una perfección que pasaba desapercibida a la mirada indiscreta de la gente. Y casi en el mismo instante de la duda, acerqué mi rostro a su vagina para verificar el color de los vellos del pubis con la certeza de que allí se revelaría su secreto. Ella mentía en el color de sus cabellos.

Sobre la mesa de luz había dos frascos llenos de comprimidos como para dormir un batallón de doncellas, pero Any había sido anestesiada por un enfermero para que no pudiera reaccionar ante el contacto de otro cuerpo. De todas maneras mis perversiones se habían calmado con los años, sólo me satisfacía observarla con ternura y curiosidad y, de tanto en tanto, acariciar dulcemente sus pechos impregnando mis dedos con su perfume. Mis deseos no eran sexuales; en realidad, creo que nunca tuve grande deseos sino fuertes pasiones, mis relaciones amorosas fueron cerebrales, estudiadas en el fondo del instinto.

Recuerdo que los padres de mi esposa habían concertado conmigo el matrimonio y ella lo aceptó sin discutir. Después ella pasó el tiempo criando niños, tuvimos siete hijos que nos dieron infinidad de nietos. Nuestra casa se transformó en una especie de guardería infantil y ella vivió para eso. Fue hasta que un día, así como se enfermó de golpe murió de golpe, sin darnos tiempo para acostumbrarnos a su ausencia. Desde ese momento, me volví taciturno y fui abandonando poco a poco la escritura. El sufrimiento no era ya inventado, pertenecía a las raíces profundas de mi ser y no pretendía hacerlo público.

El día que falleció mi esposa quedé como huérfano, sumido en la desolación de mi edad. El destino alteraba una vez más la organización de mi vida. Siempre había tenido la certeza de que sería yo el primero en morir, porque ella parecía poseer una salud sólida capaz de remontar cualquier obstáculo. También tenía la convicción de que nuestra familia necesitaba más de ella que de mí. No fue así, y el dolor y la angustia se fueron adhiriendo con saña a las paredes de mi estómago hasta producirme una úlcera que sangró durante años. Sin embargo, me aferré a la vida con fuerza, y fue recién a los 87 años que comencé a cansarme de vivir. Más de una vez pensé en el suicidio, pero resultaba ridículo tomar una resolución de esa naturaleza a mi edad. Además, pretendía una muerte poética que pudiera justificar toda mi existencia cíclica. El último acto de mi vida tenía que ser emotivo, apasionante y sin arrepentimientos morales. A esta altura de la vida, la muerte no podía ser un producto depresivo ni de temor a la existencia, debía ser el corolario de una última etapa en este mundo. Al menos, esa era mi convicción.

La cama era confortable y el cuerpo de Any Lorac se sentía delicado y aromático. Sus labios, un poco hinchados por la anestesia, se mostraban seductores y apetitosos, los besé ligeramente para sentir su sabor. Entonces me levanté, cubrí su cuerpo desnudo y me puse a mirar por la ventana. El cielo estaba poblado de estrellas y misterios.

Cubierta como estaba Any Lorac parecía estar convaleciente, y recordé todas esas noches que pasé despabilado ante el lecho de mis hijos cuando estaban enfermos. La idea de comparar a Any con mis propios hijos me dejó un gusto rancio debajo del paladar y me serví un vaso con vino. Sin embargo, era racional que los recuerdos fueran desfilando en ese momento, no podía ser de otra manera.

A diferencia de otros amigos ya desaparecidos, debo reconocer que nunca llegué a sentirme un estorbo en la familia, siempre fui rodeado con afectos y atenciones. El ser bisabuelo tenía una importancia grande y la dimensión de la vida fue la riqueza que alimentó mi memoria. En realidad creo que me fui cansando de vivir de a poco, cuando la soledad comenzó a invadirme, cuando descubrí que a mi edad ya no me quedaban amigos. Uno a uno, todos se fueron muriendo, con mayor o menor cantidad de achaques, y más o menos incomprendidos por las nuevas generaciones. Entonces mi soledad se transformó en un simple espacio de reminiscencias. Era triste comprobar que mis anhelos de vivir se fueron agotando dentro de una existencia extraña y monótona.

La idea de morir en armonía con mi propia naturaleza me fue naciendo mientras leía el libro de. Kawabata. Él había esbozado una solución, sin embargo en occidente no era fácil encontrar un lugar para morir ritualmente, pero igualmente comencé a informarme sobre las posibilidades de lograr mi objetivo. En circuitos tradicionales me tomarían por un loco y en las sectas místicas confundirían mi anhelo con interpretaciones parapsicólogas y esotéricas. Lo mejor era dirigir la búsqueda hacia la mafia oriental, porque sólo un oriental podría comprender la voluntad de morir en armonía con el pensamiento. Los orientales no mueren totalmente, ellos se transforman en otra vida natural.

Esa pesquisa me llevó tiempo, hasta que una tarde me topé con la persona que estaba dispuesta a preparar mi acto funerario como yo lo pretendía. Durante varios días discutimos las características del servicio y las consecuencias que podía acarrearle a su organización. Al japonés no le agradaba la historia de la droga, no estaba en su campo de acción ni en los métodos de su organización. La idea de la anestesia era la mejor solución. El ya conocía a la estudiante que lo haría por dinero. Recuerdo que me dijo: “Las prostitutas que no se sienten prostitutas son las que más conocidas como putas. Todos quieren presentarle un amigo para acostarse y ellas buscan desesperadamente alguien a quien aferrarse afectivamente justificándose de esa manera”.

Al japonés le pagué el doble del precio estipulado para garantizar un buen servicio, y todas mis economías pasaron a su posesión. El oriental tuvo palabra, a su manera era un hombre de honor, me comunicó la fecha tres días antes para prepararme psicológicamente.

Con el puñal podía suicidarme al estilo japonés. Pero, si a último momento no podía efectuarlo por causa de mi edad o de un coraje que podía abandonarme, sobre la mesa de luz estaban los dos frascos con comprimidos, seguramente algún medicamento barbitúrico. En ese caso, el suicidio sería al estilo occidental y la muerte me sorprendería en el lecho, como la continuación de un largo sueño agradable.

Los recuerdos de infancia en el campo estuvieron a menudo presentes en mi vida, el decorado del ambiente se ajustaba a esas antiguas imágenes. En realidad, todo estaba en orden y tenía la noche entera para revivir el pasado.

Desde el instante que el japonés me anunció la fecha en que podría suicidarme, comencé a sentir excitación. No todos tienen la suerte de poder conocer el momento de su muerte, la posibilidad de elegirla. Por primera vez, algo extraordinario se estaba presentando en mi vida y traté de excogitar el desarrollo de la noche, de imaginar la mujer joven, la cama, los muros y el olor a campo. Pero reconozco que la imaginación tiene caminos imponderables y mecanismos específicos que no son siempre como la realidad proyecta. Any Lorac era joven y su belleza me conmovía, era la bondad de la naturaleza que se me ofrecía en un último regalo. Yo estaba por morir y pretendía tener un pensamiento generoso, en homenaje a todos mis amigos, porque el último acto de vida lo estaba por llevar a cabo como René lo hubiera querido vivir.

Un suicidio no se improvisa, se lo prepara cuidadosamente. Uno es artista de su destino y lo esculpe como un objeto de arte, donde toda la emoción tiende a grabarse a fuego. En ese acto casi sublime, el artista se concentra y va penetrando de a poco por todas las fibras internas, hasta lograr acariciar el corazón del dolor y del sufrimiento. La exaltación de los sentimientos revienta por las ventanas de los ojos adhiriéndose a la ternura de una mirada perdida en algún punto indefinido del horizonte y, tan sólo en un instante, la obra de arte se debe elevar enhiesta en una eclosión de amor. Si no se posee esa capacidad de horizonte, tampoco se tiene la capacidad del suicidio.

A los 89 años uno ya no tiene dónde proyectar la vida, es una simple repetición de vivencias conocidas de ante mano. La soledad no es una soledad física, allí están los recuerdos, la memoria que se niega a desaparecer divorciada del espíritu aún cuando predomine la confusión y el renacimiento se produzca por vertientes diferentes. A los 89 años, pretender morir es normal, sólo basta abandonarse para llegar a ese estado. Lo que no es normal es buscar elegir la muerte, porque es un acto de demencia o de una falsa interpretación de la realidad. El caso de René era una muestra de ello, por eso lo internaron y así, inconscientemente, lo asesinaron. El deseaba sentirse vivo y necesitaba de mujeres jóvenes como Any Lorac para poder canalizar su existencia, su perpetuidad. No lo comprendieron.

Si a René lo consideraron un perverso sexual, un viejo verde y un chiflado crónico ¿qué dirían de mí? Mis hijos se preguntarían ¿por qué me suicidé?... sin encontrar respuestas válidas para la moral social de su educación cartesiana. Mis nietos, es posible, buscarían un justificativo senil a tanta irresponsabilidad humana y, mis bisnietos, tal vez reirían a carcajadas divertidos con mi último e imposible intento de hacer el amor. Los únicos que podrían llegar a comprender este suicidio, serían otros viejos tan decrépitos y caducos como nuestra propia historia porque ya no se tiene compromisos con nadie ni siquiera con los acondicionamientos sociales.

Yo le había prometido al oriental evitarle toda complicación, y durante tres días escribí cartas a cada uno de mis hijos explicando este anhelo de morir. En uno de los bolsillos también dejé otra, dirigida a mi esposa fallecida ya hacía muchos años, dónde le comentaba que iba a su encuentro. De esa manera, la familia pensaría que no podía vivir sin ella, a pesar que ya lo había hecho durante años. Con todas esas pruebas a nadie se le ocurriría pensar que el suicidio había sido organizado por otra gente. El alquiler de la casa se concretó a mi nombre y la bebida que estaba consumiendo la había comprado yo mismo esa mañana en el negocio donde todos me conocían. Any era una mujer alquilada, parte de la organización del oriental y, seguramente, tendría su propia explicación para justificarse. A ella le correspondería la tarea de llamar al médico en el momento de encontrarme muerto.

Me introduje desnudo en la cama, porque lo usual es estar sin ropas si uno pasa la noche con una mujer. Sin embargo no estaba habituado a dormir desnudo y el contacto con las sábanas sirvió para movilizar nuevas reminiscencias. Yo solía acostarme desnudo cuando recién me casé pero mi esposa se escandalizaba, decía que dormir sin ropas era pecado, que no se podía tolerar en una familia cristiana y tuve que modificar esa costumbre para adaptarme a un pijama ancho y bien abotonado.

Tuve la impresión que Any Lorac se movió ante el contacto de mi cuerpo o, al menos, que se estremeció, pero enseguida pensé que era absurdo; no podía tener conciencia de nada porque estaba anestesiada y dormiría hasta el día siguiente. La contemplé con cariño y acaricié suavemente sus cabellos. Miré su seno izquierdo, su corazón latía rítmicamente e imaginé que estaría soñando con algún evento agradable. Las aureolas de sus senos no eran bien marcadas y tenían un color rosáceo, pálido, que se confundía con la piel de su cuerpo. Humedecí uno de mis dedos con la lengua y luego lo pasé por sus pezones. Ver erguirlos, levantarse como dos pequeños pimpollos en primavera era un espectáculo que me había fascinado desde muy joven. Pero Any estaba insensible por la anestesia y continuaron inertes. Me pregunté si su vagina podía emanar flujo en ese estado, pero no me atreví a tocarla. Lo mío no era apetito sexual sino simple curiosidad por las reacciones de un cuerpo artificialmente dormido.

El tiempo transcurría a velocidad vertiginosa y el reloj marcó las cuatro de la madrugada. El momento había llegado, no podía continuar con los cabildeos del pasado, si el efecto de la anestesia se evaporaba el programa debía mudar de característica. Entonces me dirigí hacia el rincón en penumbra y me arrodillé sobre el almohadón, debajo del crucifijo, tenía ganas de rezar pero no sentía nada especial. La situación casi me divertía, el ambiente fabricado me producía la sensación de una escena surrealista, ni siquiera el puñal lograba despertar tormentos y dudas, era sólo un objeto dentro de la escenografía de la noche. El sistema oriental no funcionaba conmigo, como tampoco esa adaptación cristiana que le habían acoplado.

Me acosté de nuevo y decidí utilizar los comprimidos. Esa manera de morir era más banal pero tenía la ventaja de no producir esfuerzos físicos ni el riesgo de quedar a medio camino en la resolución de sucumbir. Y fue en ese momento que una duda me acosó ¿los muertos tienen un mundo propio? Mi formación cristiana determinaba otra vida más allá de la muerte; sin embargo la vida fundamentada en la resurrección había que merecerla. Los buenos partían al Paraíso y los malos hacían sus valijas rumbo al infierno. Dante que estructuró ese universo en siete círculos, le daba bastante importancia al Purgatorio dónde se ejecutaba el dictamen de las almas; una especie de tribunal moral que, conforme a sus criterios, determinaba el sitio final de residencia. Pero, la moral, la ética y las costumbres se modificaban en función del medio, de la cultura y de la época ¿acaso los jueces del Purgatorio estaban actualizados de los cambios sociales? La disyuntiva religiosa era global: todo o nada. Como cualquier anciano yo había leído bastante sobre el tema de la muerte, teorías tan contradictorias unas de las otras que finalmente terminé no creyendo en nada. Mi curiosidad continuaba virgen, como sucede con todos los misterios irresolubles.

Puse una pastilla sobre mi mano, era minúscula y blanca, como si el óbito fuera un túnel blanco ¿la muerte es un universo de color? En todo caso es negro igual al fondo de todos los túneles sin salida. Si yo hubiera sido artista plástico podría haber imaginado la muerte como un universo multicolor ¿y si hubiera sido músico? ¿la exprimiría en sonidos? Es posible que lo hiciera en sonidos cristalinos de campanas o en coros gregorianos, pero también sería una interpretación religiosa. ¿Y como ateo? La visión presentaría una variante, buscaría un análisis filosófico fundamentado en la lógica y en la duda y, tal vez, hubiera leído a Nietzsche con mayor atención.

En realidad, no sé si a esta altura de los acontecimientos me atrevía a morir. La noche había sido muy rica en emociones y se había producido en mi espíritu una catarsis que servía para evacuar las incertidumbres existenciales, esas inquietudes del hombre sobre el bien y el mal. La noche había sido el purgatorio, el último acto humano y consciente de la vida ¿y los jueces...? ¿Quiénes habían sido los jueces sino mi propia conciencia? El color de los comprimidos inducía nuevas reflexiones que no agotaban mis interrogantes. Entonces pensé que el sabor de las pastillas debía aportarme nuevos fundamentos de análisis. Lo pensé mientras pasaba la lengua sobre uno de los pequeños comprimidos, convencido de que el sabor de la muerte era amargo, ácido y agrio ¡Error...! La pastilla tenía un gusto dulce, un fuerte sabor a glucosa, demasiado azucarada para mi paladar, casi como esas pastillas de menta que venden en los supermercados.

Algo no funcionaba como debía, la incertidumbre carcomió mis entrañas y, en el mismo segundo que tomé conciencia, salté de la cama y me vestí con las mismas ropas que había llegado horas antes. Si me apuraba un poco, podía compartir el desayuno con mis hijos, hasta podía comprar algunas facturas como me gustaban. Pero, antes de salir, tomé el puñal entre mis manos para estudiarlo detalladamente. No era un puñal, en todo caso no era un puñal verdadero, era un arma de utilería como las que se utilizan en el teatro, que al clavarse contra un objeto la hoja se introduce dentro del mango por un juego de resortes. El japonés me había hecho una broma de mal gusto... ¿de mal gusto...? ¡Oh no! Seguramente había pretendido ayudarme a encontrarme conmigo mismo y nunca creyó seriamente en mi necesidad de suicidio

Entonces salí a la calle y sentí el aire fresco de la mañana que vino a revitalizar con ahínco mis pulmones. El japonés me ofreció una sonrisa de complicidad y comprensión humana, mi nieto Enrique fumaba un cigarrillo como ignorando la escena y mi hijo ponía en marcha su vehículo para llevarme de regreso a casa, Miré el cielo que comenzaba aclarar y tuve ganas de reír y todos terminamos contagiados en una carcajada. En algún rincón de mi alma la vida renacía con fuerza. Emprendimos el regreso a casa, pero antes de subir al auto le pedí al japonés el teléfono de Any Lorac, después de todo ahora habían inventado la pastilla que resolvía nuestros problemas seniles.



miércoles, 20 de junio de 2018

El Curandero

por Juan Carlos Alarcón


Hay muchas libélulas danzando va a llover, dijo pasándome un mate amargo. La primera vez que lo vi fue en un asado de gente conocida. Era un asado sin cuero porque era carne de supermercado. 

El Lucho era más conocido por su sobrenombre que por su verdadero nombre. El Lucho de la Liliana aclararían los lugareños para poder identificarlo mejor. Si eso no bastaba se explicaba: el hijo del Guchi, el hermano de la Laura. En los pueblos cuando se referían a alguien se debía identificar bien al sujeto correspondiente, no era cuestión de equivocarse.

El Lucho era hombre de campo, sonrisa tímida y ojos vivarachos, hablaba poco y escuchaba atentamente todo como si tuviera sed de conocimientos. Pero el modernismo también había golpeado al pueblo rural; en vez de andar a caballo andaba en moto y en lugar de facón en la cintura él sabía desenfundar su celular.

En los pueblos no es como en las grandes ciudades donde se contemplan las dicotomías de los rumores y era suficiente con decir el Lucho, que era lo mismo que decir Pepe o Pancho porque a nadie les interesaban quien podía ser, lo más importante era el rumor en sí mismo y que después se lo podrían encajar a cualquier otro con aire de veracidad: “No lo conozco, pero el marido de mi hermana trabaja con otro que juega al fútbol con él y vio curarle una rodilla sin tocarlo”. En las grandes ciudades los sujetos son anónimos con lo cual a un rumor se lo pueden encajar a cualquier otro según el imaginario de cada uno.

Lucho era curandero y podía diferenciar las hojas de cualquier planta o yuyos mejor que un profesor de botánica.

Un día pasaron a tomar mates con la Liliana, porque no se sabía quién era la sombra de quien; donde estaba el Lucho estaba la Liliana y donde andaba la Liliana estaba el Lucho. En París lo clasificarían: pareja  fusional. Fue entonces que para empezar la charla le comenté que la hortensia que teníamos en casa era una planta delicada, si no la regábamos todos los días se entristecía rápidamente. El Lucho que poseía la experiencia del campo, la miró de reojo y comentó: si le pones un pedazo de virulana herrumbrada junto a la raíz dará flores de varios colores. Buena idea -respondí- lo voy hacer. Pero rápidamente agregó: tendrías que sacarla y llevarla fuera de la casa; dicen que donde hay hortensias las chicas no se casan nunca, y observó hacia dónde jugaba la nena con una amiguita. Mi sobrina, la mamá de la nena, sin decir nada se levantó y fue a buscar una pala: “por las dudas”.

En Argentina, desde muy pequeños, todos toman mates; pero solamente bastaba que hubiera una mujer en un grupo para que fuera ella quien se ocupara de cebarlos. Eso me hizo pensar a menudo que el mate era trabajo de mujeres, así como el asado la tarea de los hombres.

Yo me atoré de la risa con el mate que me venían de ofrecer Liliana. Los dichos populares me intrigaban aun cuando me causaban gracia. Siempre expliqué que era provinciano hasta la médula, cosa que hacía sonreír en Francia a mis médicos cuando me interrogan que había tomado para los dolores de estómago y yo les respondía: nada, me curaban el empacho con una cinta métrica y para la otitis con un cucurucho de papel y humo de cigarrillo. Claro los médicos de París eran más pragmáticos y me enviaron hacerme un examen de sangre y que me hurgaran las orejas hasta la garganta. Mi médico de cabecera era muy desconfiado, él ya había estado en Argentina un par de veces y miraba los resultados desde todos los ángulos. Después se rascó la cabeza y dijo: Carajo, habrá que pensar que ese pueblo de tu país te hace bien, porque cada que volvés de allá, venís mejor de salud que cuando te vas y eso que le sacudís a las tortas de grasa, al dulce de leche y a los chinchulines todo el tiempo.



martes, 12 de junio de 2018

El consejo de un abogado


Por Juan Carlos Alarcón

Esta mañana estuve en París, en el bar donde voy a menudo, justo al lado de la  plaza Saint Michel. Allí suelo encontrarme con gente amiga, pero hoy no tenía cita con nadie. Estuve casi una hora mirando hacia afuera; luego fui hasta un restaurante  argentino para comprar dulce de batata y dulce de leche, pero estaba cerrado. Entonces me acordé de Axel que me había invitado a tomar mates cuando fuera a París.

Axel es el nieto de Beatriz, mi traductora oficial, que usufructúa su casa cuando la abuela está de viaje. Axel me miró extrañado. Como sé que a él le gusta fantasear mucho y, antes que crea que me había dejado plantado alguna mujer, le expliqué rápido que había ido a comprar dulce de leche y el negocio estaba cerrado. El me preguntó si era muy importante comer dulce de leche como para poner cara triste. Le respondí que sí, que no quería esperar más ir hasta Argentina y ahora debería hacerme los postres yo solo, pero eso me traía problemas. El nieto de Beatriz es muy curioso y, como es abogado, quiso conocer algunos detalles.
Le conté que hay un pueblo en Santa Fe donde iba a respirar oxigeno puro. Le dije que ahora en Argentina se vive un neo-liberalismo muy peligroso y soñar en un mundo materialista era una actitud revolucionaria y que, desde chiquito, lo mejor que aprendí fue a soñar ¿Cómo no iba a soñar con las mujeres de Santa Rosa de Calchines?... Le comenté que eso era muy notorio y cuando me sentaba en la plaza del pueblo, hasta el jefe de la comuna se tentaba de la risa al verme observar oscilante entre las piernas y los senos de las mujeres. Cada una que pasaba yo murmuraba: Wuauu!... Ouiii!... Magnifique!... 
Axel me escuchó atentamente, luego respondió que el problema no era el dulce de leche, era simplemente que yo no sabía cerrar la boca. Me explicó también que los ojos estaban para ver, los oídos para escuchar y la boca... bueno, la boca estaba para mantenerla cerrada cuando hay muchas mujeres juntas. Axel que es originario de Bariloche, de eso conoce; al punto de que ceba mates amargos y muy calientes porque le recuerda a las chicas de su pueblo.
Decidí regresar a casa. El abogado tenía razón, mi problema es no saber cerrar la boca.
Por eso no quise entrar a mi departamento y me senté en la escalera, al lado de la puerta. Vivo en un 1° piso y una vecina me preguntó si había perdido de nuevo las llaves. Le saqué la lengua, nunca he perdido las llaves: las olvido y, generalmente, las olvido al interior de mi casa. Claro que eso ya lo solucioné. A cada vecino le dejé una llave, de esa manera siempre hay alguno que puede devolvérmela para entrar.
El vecino del piso de arriba me vio sentado y, a la quinta vez que pasó, decidió sentarse a mi lado. Es un hombre de casi 90 años y debe extrañar mucho su antiguo trabajo como asistente social, porque siempre se anda interesando por mi vida y se dio cuenta enseguida, que yo podría tener problemas con alguna mujer.


El ya me había prevenido en otra oportunidad, que en un ramo de rosas es difícil elegir sólo una. No hace mucho me había presentado a su nieta que quiere dedicarse al teatro. Entonces me expresó que ella no vivía tan lejos, solamente dos pisos mas arriba. Estuve por responderle algo, pero no pude hablar porque me había colado una cinta scocht en la boca; fue el consejo que me había dado sonriendo Axel cuando tomábamos mates.
Mi vecino no estaba acostumbrado a mi silencio y me arrancó la cinta scocht de la boca, con tanta fuerza que me hizo pegar un grito de dolor. Ese grito llamó la atención a otra vecina que salió para ver lo que estaba sucediendo y, cuando vio al  viejo con la cinta en la mano y a mí saltando de dolor, se limitó a preguntarnos : ¿por qué no se depilan como todas las mujeres al interior, en la sala de baño, y dejan de dar ese espectáculo a los chicos? Luego cerró la puerta de su departamento con rabia.
Yo terminé por contarle mi historia al abuelo y el consejo que me había dado el abogado argentino. Entonces se puso a meditar y luego me hizo señas que esperara un poco y subió hasta su casa.
Aparte del azúcar y de algunas mermeladas, que él mismo prepara, y que me da a cambio de cursos teatrales para su nieta, supo darme ya otros consejos que se averaron oportunos. Cuando volvió tenía una sonrisa en los labios y dijo: “el abogado tiene razón, la solución es ésta”  Me coló otra cinta scocht, marrón, de 10 cm de ancho, que se utilizan para cerrar los cartones, mientras murmuraba: “de esta manera usted podrá entrar tranquilo a su casa sin abrir la boca para decir lo que no tiene que decir a ninguna mujer. Se que a usted le agrada bastante usar su celular y siempre pensé que el WhatsApp es un arma peligrosa.
Yo se que el amor es eterno en la cabeza y efímero en la realidad. Se también que el amor es como la lotería dónde todos quieren ganar. Claro, soy imperfecto de nacimiento. Ya cuando iba a la escuela primaria le había declarado mi amor a la maestra. Ella no tenia mucho humor y llamó a mi padre. Pero como mi padre era sabio me dio un consejo que suelo olvidar: “¡Cuidado hijo, si sigues así, algún día una mujer será tu perdición!”