viernes, 18 de diciembre de 2015

Día de fiesta

Por Juan Carlos Alarcón 

El movimiento de la casa  comenzó temprano,  más  temprano que lo habitual. Yo bebí el mate cocido que me había servido mi mamá con pan casero, todavía caliente,  porque la abuela lo venía de sacar del horno de barro. Los grandes tomaban mates amargos, salvo mi tía Lici  que tenía un mate aparte ya que ella los tomaba dulce.  

Los otros adultos manoteaban el amargo al paso, luego lo devolvían a la abuela, que parecía tener cien manos y que trabajaban al mismo tiempo: en una canasta de mimbre acomodaba un pan envuelto en una servilleta, dos bananas para los calambres del abuelo, un frasco con mermelada que había preparado la noche anterior, dulce de leche sin azúcar para el tío Juan que era diabético, un chorizo seco y los termos con agua caliente para la mateada de la jornada. Al mismo tiempo, la abuela, cebaba mates, fritaba en grasa tortas fritas para agregar a su canasta y daba órdenes para atar los perros y que no mordieran a algún transeúnte extraviado en el paraje cuando la ausencia familiar. 
A las 6 y media de la mañana, el abuelo estacionó la chata frente a la casa y gritó con voz ronca: 
- ¡Vamos que llegaremos tarde! 
- Comienzan a las 8, pero la escuela está abierta todo el día –respondió tía Lici. 
- Es un día importante y yo quiero ser el primero en llegar. 
Tavi era el más chico de mis tíos y el que más daba vueltas antes de salir. La abuela le había planchado dos camisas para que pudiera elegir la que quería ponerse, él se probó las dos pero ninguna lo convencía y le entregó otra para que se la planchara y, la abuela, en un santiamén calentaba la plancha sobre el fuego de la cocina; mientras le decía a tía Lici y a mamá que acomodaran la canasta y unos banquitos sobre la chata del abuelo.  
Yo me instalé cómoda en la parte de atrás de la chata esperando que el resto de la familia también lo hiciera, pero el abuelo me dijo: 
-¡No niña, vaya ayudarle a la abuela!  
La abuela Luli me dio un mantel, dos servilletas y el equipo de mates para acomodarlos adelante ya que, durante el viaje, ella iría cebando mates al abuelo y al Tavi que conduciría. Atrás de la chata, viajaríamos la tía Lici, mi mamá, el tío Juan y yo. Con el tío Juan eran charlas y risas todo el tiempo porque vivía haciendo bromas y que muchas veces sólo él las entendía, aunque todos reían por solidaridad. La familia entera cuidaba mucho de la salud del tío y, la abuela, hasta había hecho venir a la tía Kuqui, la curandera del pago, para que le curara el empacho con la cinta métrica y unas hojas de una planta de insulina para que se hiciera té todas las mañana, pero yo sospecho que mi tío Juan exageraba su enfermedad porque le agradaba bastante que lo mimaran. 
- Yo ya sé por quien voy a votar; dijo el Tavi  
- ¿Es qué estamos hablando del mismo muerto? Preguntó el abuelo riéndose. 
- Shhh… el tío es oficialista y puede escucharlos –previno la abuela.  
El tío Juan estaba “achacado” según el diagnóstico de la tía Kuqui y todos lo cuidaban, pero mamá parecía su enfermera y andaba siempre pegada a él controlándole el azúcar y la tensión cada 10 minutos. Lo retaba si comía muchas tortas fritas, pan y cosas dulces. Cuando ella no estaba era yo que le pinchaba el dedo para controlarle el azúcar de la sangre y hasta lo acompañaba cuando el tío salía a caminar por el campo; pero lo que me gustaba era cuando iba a la siesta acompañarme a gimnasia, después nos sentábamos en la plaza y nos comíamos un enorme helado cada uno.  

-¿Ya están todos listo?... ¡Arrancamos! –gritó el tío Tavi y la chata se puso en movimiento. 
Era un día de fiesta y haríamos un picnic en el propio patio de la escuela, al fondo, para no molestar a la otra gente que iban a votar. Eran las elecciones y en mi familia se vivía eso como un día excepcional y de festejos.  
-Parece que allí adelante no fueron al jardín y no aprendieron a compartir –gritó el tío Juan esperando que le pasaran por la ventanilla de la chata un mate. Mamá se tentó de la risa porque ella era maestra de un jardín de infantes.  
-¿Y vos tío Juan, por quién vas a votar? –preguntó la tía Lici.  
-¡Al candidato que me pague el choripan más rico!  

jueves, 9 de julio de 2015

El difunto Pedro


Por Juan Carlos Alarcón

Quedaba feo reírse; pero el tipo que estaba frente mío tenía clavada su mirada en mis propios ojos, como si quisiera leer mis pensamientos. Era la hora de los lobos, cuando hacen crisis los neuróticos según el filme de Bergman. Claro que allí en Los Calchines no había cine, ni teatro, ni tampoco un Mac Donald para distraerse a la noche. Esa tarde, la tarde caía serena y sin frio mientras las primeras sombras de la noche sacudían su polvo de misterio. Sin embargo, adentro de la comisaría una pequeña lámpara iluminaba apenas la habitación. Yo no sabía si era porque estaba cubierta de tierra y caca de moscas o simplemente si se trataba de hacer economía del consumo eléctrico con lamparitas de bajo voltaje.
En los pueblitos chicos tener una comisaría es un lujo; de allí que algunos intendentes se la ingeniaban negociando con las autoridades provinciales: el pueblo ponía a disposición una vieja vivienda, el agua, la luz y algunas garrafas para la cocina y la provincia metía el resto. Es decir, dos o tres policías que garantizaban la seguridad con su presencia.
En general los delitos eran repetitivos y, a menudo, entre los propios vecinos: robo de nafta de alguno vehículo mal vigilado, gallinas que desaparecían de los patios abiertos y algunas botellas de vino que le sustraían al único almacén del pueblo. El resto de las intervenciones policiales eran peleas de vecindario: un perro que ladraba toda la noche sin dejar dormir a nadie, un árbol que no era podado y las ramas se instalaban en la casa del lado, alguna riña de borrachos después de un asado bien regado. Los Calchines era un pueblo chico de pescadores sin pescadores y bastante alejado de otra urbe más grande. Tampoco había diarios propios ni ningún otro medio informativo; en realidad, el medio de comunicación local era la plaza donde por las tardes la gente iba a sentarse para tomar mates y pasarse las noticias del lugar entre mates y tortas fritas. Medio rudimentario como medio informativo pero allí todo se procesaba; si fulana había engañado a su marido con otro, al día siguiente todos lo sabían. La policía conocía bien los senderos de los rumores silenciosos

Parece que el medio informativo de boca a oreja de la plaza había largado varias pistas sobre el robo del finado Pedro. Algunos decían que los autores era una banda de traficantes de órganos humanos porque en la ciudad se vendían a buen precio. Otra versión explicaba que como el finado desconfiaba de los fantasmas que rondaban el cementerio local, ellos lo habían robado para una ceremonia de brujerías macabras; hasta circulaba el rumor que extraterrestres se lo llevaron porque nadie se explicaba cómo podía desparecer un cajón con un cadáver en pleno día.
La cuestión era que cada mate que circulaba de una mano a otra iba acompañado de una nueva interpretación sobre la desaparición del difunto.
El policía que estaba frente mío no dejaba de escudriñarme y me pregunto:
- ¿De dónde viene Ud.?
- De Francia, respondí conteniendo mi risa.
- ¡No, ahora!
Yo me miré como estaba vestido, con una bermuda, una camisa amarrilla, un gran moño rojo, bigotes falsos de utilería de teatro y un birrete que lo mantenía en mi mano por respeto a la autoridad.
- Vengo de una fiesta con amigos achacados como yo mismo, pero fieles.
La policía me detuvo cuando estaba entrando a la casa de doña Beatriz Kohlstedt, la viuda del finado. Doña Beatriz, a pesar de sus años y de sus cinco hijos paridos en el propio pueblo, caminaba bien erguida y a menudo portaba un sombrero en su cabeza marcando la estirpe de sus antepasados europeos.
Yo venía de entrar a la casa y la vi charlando con otra mujer al fondo de la vivienda. Pero en el momento que me dirigía hacia ella, la policía me agarró del brazo y me llevó a la comisaría para interrogarme.
En los pueblitos, del interior de cualquier provincia, hay una vieja costumbre, cuando sucede algo raro y en ese momento hay un extranjero, siempre es el primer sospechoso. No me dieron tiempo a decirle a la viuda que no se preocupara por la ausencia de Pedro, que antes de la madrugada el difunto volvería de nuevo para que terminaran el velorio y después pudieran enterrarlo como tenían previsto.
Cuando me enteré que el Pedro estaba por morirse, de puro viejo nomas, yo tomé el único colectivo que entraba al pueblo para saludarlo antes de morirse. Pero llegué tarde.
Nosotros éramos un grupo de amigos que nos conocíamos casi desde la adolescencia y el Pedro Aguirre fue el más fiestero de todos nosotros, siempre nos decía: “el día que yo me muera no quiero que lloren ni que me extrañen, quiero que ese día hagan un asado, pongan música, chupen y canten a coro a mi memoria”. Eso fue lo que hicimos, nos llevamos el cajón con el finado Pedro.
Cuando el asado estuvo listo, pusimos música y llenamos los vasos con cerveza para brindar y cantar como lo había pedido él mismo. Pero antes, lo sacamos del ataúd y lo sentamos en una silla en la punta de la mesa. Fue entonces que uno de los amigos dijo.
- Ché, la viuda Beatriz se preocupará si no lo ve al finado Pedro.
Yo respondí:
- No te preocupes, hago una escapada para decirle que más tarde se lo devolvemos, así puede terminar tranquila el velorio y luego enterrarlo como tenían previsto.

Por eso cuando en la comisaría yo escuchaba todas las conjeturas que hacían sobre las intenciones de los que habían robado el muerto, yo mordía mis labios, quedaba feo reírse delante del policía que me miraba fijo como hurgando mis pensamientos. 

domingo, 31 de mayo de 2015

Don Zoilo


Por Juan Carlos Alarcón


Todo comenzó en un bar con la curiosidad de una amiga que se le dio por preguntarme ¿qué recuerdos tenía de mi niñez? ¡Ninguno!. En realidad no tuve niñez y pase a ser adulto desde la edad en que los chicos jugaban con trompos o pelotas de trapo, por eso fue que decidí volver al barrio de mi infancia para intentar recuperar algún recuerdo. Para eso tenía que visitar al viejo Zoilo si es que todavía no se había muerto.
El viejo Zoilo era la memoria viva de la zona, viejo como el ombú del patio trasero de su casa donde se pasaba el día sentado, fumando tabaco en hoja que él mismo iba armando haciéndolos rodar por su pierna.
Don Zoilo era radical, medio fanático; sólo había que hablarle mal de Irigoyen y te dejaba de saludar por varios meses. Pero como buen paisano, hombre que venía del campo, era parco pero cortés y gentil. Le gustaba el mate amargo como el vino sin soda. Desde que se despertaba hasta el mediodía tomaba mates; luego del almuerzo venia su siesta debajo del ombú y de allí en adelante era el vino que lo acompañaba y al cual muchas veces le metía medio limón para sacarle el acides, decía. Es decir que a media tarde ya estaba medio mamado, y cuando llegaba la hora de cenar ya no sabía ni como se llamaba del pedo que se agarraba.
El barrio donde vivíamos era humilde. Casas con habitaciones en hilera y un tejado que hacía de galería. Las casas tenían un patio grande y al fondo el excusado de pozo negro con una cortina gruesa para cubrir la timidez de sus habitantes, porque las viviendas no tenían tapiales la mayoría eran rodeadas con alambrados. Don Zoilo vivía justo al frente de nuestra casa y éramos vecino de buena convivencia. A menudo nuestras familias intercambiaban platos con comida o postres caseros.
Según mi padre, don Zoilo tenía una contradicción ideológica y muchos fines de semana le ofrecía alguna damajuana de vino porque cuando se ponía bien en pedo don Zoilo se ponía gritar “¡Viva Perón, carajo!” como todos los borrachos del barrio; entonces mi padre con sus amigos se mataban de risa. Por supuesto, cuando don Zoilo estaba fresco tomando mates negaba a muerte eso. Pero un fin de semana mi padre cometió un error, consiguió un grabador a pilas y le registró el grito peronista. Cuando al día siguiente el viejo Zoilo se escuchó gritando “¡Viva Perón, carajo!” se quedó en silencio; cuentan que por sus ojos caían lágrimas de bronca. La cuestión es que desde ese día don Zoilo dejó de tomar y suplantó el vino por limonada. Toda su familia le estuvo muy agradecida a mi padre; claro que desde aquel día jamás se le escuchó vivar a Perón.
Cuando me vio parado frente suyo, me miro desde sus casi 100 años y me reconoció en el acto a pesar de los años que habían pasado.
- ¡Has crecido chango!
El barrio no había cambiado mucho, sólo que ahora tenía agua corriente y electricidad en todas las casas. El resto seguía igual de pobre y hasta el nombre había perdido porque lo llamaban La Villa.
- Los políticos se acuerdan de nosotros cuando hay elecciones, el resto del tiempo no existimos. Aquí se nace para esperar la muerte; muy poco logran cruzar el canal para el lado del centro. Vos fuiste uno de esos; pero en general tampoco vuelven más.
- Es cuestión de tener sueños y aferrarse con uñas y dientes a eso; dije casi avergonzado, porque de repente me acordé de una frase que solía decir mi padre: “No hay que tener vergüenza de ser pobre, de lo que hay que tener vergüenza es de olvidarse de los pobres”.
Don Zoilo se atragantó de la risa con el mate que nos cebaba su hija Olga:
- ¡Tener sueños aquí, eso solo ya es un lujo!
Entonces le pregunté ¿Cómo era yo cuando chico?
- Salvaje, dañino y estúpido –respondió- A la noche te trepabas al techo de tu casa y le tirabas hondazos a las estrellas para tratar de romperlas. Se te había metido en la cabeza que así se hacían los fuegos artificiales.



jueves, 16 de abril de 2015

ADELINA... ¡ADELINA!

Por Juan Carlos Alarcon 

(A la memoria de Lord Byron)


Corrían los últimos años de la década del cuarenta cuando el escritor germano Emil Ludwig moría en Suiza, donde se había exilado siete años antes y, en Alemania, los técnicos reconocían haber heredado, luego de la guerra, más de cuatrocientos millones de metros cúbicos de escombros. En Francia, el asesinato del conde Bernadotte, personaje discutido por su pasado político, conmovía la opinión pública; mientras tanto, Maurice Chevalier procuraba borrar su imagen de colaboracionista nazi. Era la época en que Europa intentaba reconstruir su período sangriento y se apoyaba sobre el draconiano Plan Marshall americano y en Chile se descubrían platos voladores luminosos que intrigaban la incipiente ciencia del espacio.

El occidente, con sus contradicciones de pos-guerra, cerraba así los años malditos para abrir una nueva época floreciente y Argentina no era una excepción. El país vivía su apogeo y el presidente Perón, apoyado en una política popular, se iba transformando en una de las personalidades más controvertida de la historia: para algunos era un dios; para otros, el diablo en persona.

Córdoba no era una isla, sus estructuras sociales también se iban reacomodando y la clase media buscaba reorganizarse adquiriendo mayor poder económico, situación que le daba una falsa ilusión de alternativa burguesa. Los sindicatos obreros tampoco se quedaban rezagados y cerraban sus filas avanzando aceleradamente en sus conquistas reivindicativas, mientras que la iglesia y la alta burguesía comenzaban a inquietarse por la pérdida de sus privilegios tradicionales promoviendo alianzas con militares ávidos de poder. Era la época de conciliábulos subterráneos, aún cuando la provincia progresaba y se iba produciendo un estallido industrial sobre el cordón periférico de la ciudad.

Dentro de ese período de prosperidad y convulsiones, nací yo, en el seno de una familia peronista que tampoco pudo escapar a la psicosis de bautizarme con el primer nombre del general Perón. Y así fui creciendo, en el interior de esa familia marcada por el destino de una militancia política y de un misterio que llegó a extenderse casi como una leyenda.

En realidad, la vida de mi abuelo no había sido demasiada clara y se murmuraba que su gran fortuna la había hecho durante la campaña contra los indios cuando era coronel, pero nadie creía demasiado que, alguna vez, él hubiese estado enrolado como militar. Otras veces, se dijo que era el producto de un antiguo comercio de esclavos o del tiempo en que traficaba con prostitutas en las fronteras bolivianas. Lo cierto fue, que el origen de su riqueza era bastante nebuloso y que a mi abuelo no le interesaba disipar, porque si alguien le hacía mención de ello, él respondía a menudo con una sonrisa irónica, agrandando sus ojos de asombro y haciendo un movimiento de cabeza sin que nada se comprendiera.

Mi padre no fue distinto, había comprado su título de profesor de historia en un momento de avatares institucionales en la universidad y eso le había permitido trabajar como enseñante en varias escuelas pueblerinas o como periodista en una radio local. Mi padre era dinámico, interesado en el avance intelectual de la provincia y un apasionado por todo aquello que podía emprender. Su vida había estado marcada por períodos de ausencias inexplicables y que parecía no incomodar demasiado a mi madre, eso llevó que hasta los quince años yo lo encontrase por etapas.

Todos los misterios y rumores oscuros escuchados durante la infancia, me llevaron a pensar durante años que mi pasión aventurera provenía de una herencia paterna. Sin embargo, deseché esa idea cuando un amigo de la familia me contó que mi madre tampoco habíase quedado a la zaga y acumulaba bien sus propios enigmas de manera insólita y, a lo mejor, más que su marido.

Mi madre era pagana por vocación y gustaba de la música gitana como de la poesía provinciana de Leopoldo Lugones, gustaba tocar el piano tanto como beber el champagne frío que se hacía librar mensualmente. Ella había sido bailarina de cabaret y tampoco se le conocía su origen aún cuando tenía un fuerte acento sureño. A veces se dijo que era hija de gitanos y, otras tantas veces, que provenía de una familia de la nobleza indígena, pero ella misma nunca habló de su pasado y no creo que ni siquiera mi padre conociese su origen, porque su vida era tan recóndita como la fortuna de mi abuelo.

Ella era una mujer atractiva, tenía la belleza árabe en sus ojos negros contrastando enormemente con sus largos cabellos ondulantes, rojos como el fuego, y que caían desordenados sobre sus hombros siempre desnudos. Era joven y sus labios humedecían permanente una sonrisa seductora, provocativa y sibarítica. Sujeto sobre su brazo izquierdo, portaba un amuleto en oro artesanal, como si ya fuese parte misma de su cuerpo y por eso se comentaba que era una hechicera cuyo amuleto le servía para preservar fresca su belleza.


Mis padres se conocieron en un local nocturno ubicado al costado del río Primero, cuando mi madre danzaba voluptuosa y media desnuda los acordes de una música gitana y endiablada entre los gritos del público producido por la mezcla de erotismo y alcohol. Desde un primer instante, todo el pensamiento de mi padre se pobló con las imágenes de esa bailarina sensual y salvaje, pero ella tenía un hombre que la protegía en permanencia y no dejaba que nadie se le aproximara. Mi padre intentó siete veces hacerlo y siete veces fue rechazado por ese enorme guardián que le resultaba ya repulsivo y repelente. Por entonces, mi padre tenía veintiocho años y no estaba acostumbrado al fracaso ni tampoco gustaba permitírselo; por eso, una noche,  él llegó al cabaret y sin entrar esperó que mi madre comenzara su baile satánico; luego, con una patraña, logró que ese guardaespaldas enamorado y celoso lo acompañase hasta las márgenes del río y allí le incrustó siete puñaladas, una por cada vez que había sido recusado; acto seguido, le pegó siete puntapiés en el cuerpo, uno por cada día de la semana porque la pasión, según mi padre, se exprimía siete días sobre siete. Después aguardó con calma, fumando cigarrillos que él mismo armaba, hasta las cuatro de la madrugada en que ella terminaba su trabajo y cuando salió a la calle en busca de su ángel protector, mi padre la arrastró con fuerza y la secuestró.

Se la llevó al campo, a una estancia propiedad del abuelo y allí la mantuvo cautiva hasta que, un día, decidieron casarse porque ella había quedado embarazada.

Desde entonces, mi madre abandonó la danza para dedicarse a la casa y nunca se la vio muy triste lo que hacía pensar, que la elección de esa nueva vida también le pertenecía sin desagradarle demasiado. Su sonrisa seductora la transformó en cantos y baladas que acompañaba con el piano que mi padre había hecho instalar.
Cuando Totty nació, mi madre tuvo un delirio naturista y cambió toda la decoración de la vivienda. Las habitaciones fueron transformadas en diferentes oasis tropicales, con pájaros y animales domésticos que se paseaban libres de pieza en pieza y la misma alimentación familiar fue remplazada por otra más saludable compuesta de frutas, leche y verduras crudas. Ella prohibió todas las vestimentas en el interior de la casa y hasta los sirvientes debieron desplazarse desnudos. Se decía, que mi madre pretendía que mi hermana creciese en un ambiente sano y natural, sin prejuicios ni condicionamientos sociales. Mi padre se divertía como loco con esa nueva situación y se paseaba desnudo todo el tiempo.

Alguien me comentó alguna vez, que él quiso aprovechar esa situación para crear una secta o una comunidad, ligada a la libertad del sexo, pero ella se lo impidió.

Un día mi madre desapareció sin dar explicaciones y una de las domésticas tuvo que ocuparse exclusivamente de Totty. Mi padre creyó haber sido abandonado y comenzó a deprimir; pero, veinte días más tarde, reapareció como si nada hubiese sucedido y trajo una prima consigo, Rosita, una hermosa morena de dieciocho años que también se instaló a vivir en la estancia como segunda mujer de mi padre.

Yo fui el tercero de los chicos que habitaban esa casa. Es decir que, cuando nací, había ya dos mujeres: mi hermana mayor Totty, y Adelina, la hija de Rosita y de la cual me enamoré perdidamente desde el primer momento que me sonrió cuando yo estaba aún en la cuna.

Adelina era cuatro años mayor y al cumplir mis trece años ella traspasaba en algunas semanas la barrera de los dieciocho, era la que se ocupaba de mí y controlaba mis lecciones de piano que mi madre ordenaba, porque comencé a gustar de la música cuando todavía no caminaba.

Recuerdo que yo tenía trece años y una vida feliz, la música clásica y Adelina eran mis dos pasiones principales y por ello no podía ser otra mujer la que debía despertar mis primeros deseos sexuales.

Un fin de semana, el feriado del 9 de julio caía un lunes y producía un largo reposo, período que se aprovechaba generalmente para organizar encuentros sociales y mis padres con mi tía partieron a Córdoba, a una fiesta familiar de esas que se pasan todo el tiempo comiendo, bebiendo y jugando a las cartas. Totty ya estaba en la universidad estudiando y se les uniría el sábado por la tarde, y con Adelina debimos quedarnos solos todo el fin de semana. Tal cual lo hicimos.

Nosotros estábamos acostumbrados a vernos desnudos, porque esa costumbre nunca había sido totalmente desterrada, sin embargo cuando esa noche nos acostamos en mi cama y nuestros cuerpos se tocaron inevitablemente, yo tuve la sensación de experimentar un placer fortuito, desde los pies a la cabeza. Adelina notó mi embarazo y apercibió el principio de erección y, en vez de separarse, se aproximó aún más contra mi cuerpo. Ella sentía a perfume de flores, como si hubiese frotado sus cabellos con hojas de jazmines y yo contuve la respiración tratando de evitar que se disipe esa realidad. Entonces, ella empezó acariciar mi pecho, como quien juega con un dedo sobre las formas de mi piel y continuó bajando su mano por mi vientre.

A trece años, lo único que sabía del sexo lo había aprendido observando a los animales, sobretodo un inmenso toro que mi padre tenía para procrear y al cual muchas veces los peones debían ayudar, porque era muy pesado y no lograba montar sobre las vacas. Ese espectáculo, casi siempre me hizo reír, salvo en algunas oportunidades -debo reconocer- que llegó a excitarme bastante aun cuando yo no le daba mucha importancia.

Cuando desperté al día siguiente, noté que yo estaba mojado con un líquido viscoso que hasta entonces no conocía muy bien. Adelina ya estaba estudiando en la cocina, se preparaba para pasar un examen de ingreso en la facultad de medicina y me senté en la misma mesa un poco alejado de ella para beber mi desayuno. Al principio, casi no hablamos, ella continuaba introducida entre sus libros, pero de improvisto le pregunté si ese líquido era el famoso semen para procrear de los animales machos; también le expuse otros interrogantes que habían despertado mi curiosidad convencido de que mi hermana conocía mucho más que yo de la materia.

Adelina alzó sus ojos de los libros y los fijó sobre los míos, pero no estaba sorprendida por mis interrogantes y, con suma naturalidad, fue respondiendo a mi curiosidad juvenil.

Esa misma tarde, Adelina me dio la primera lección teórica del amor y me explicó, que el orgasmo era uno de los placeres más hermoso y digno del ser humano y por eso, en el momento del acto sexual, había que tratar de retener lo máximo posible, el juego amoroso de la pareja tenía mucha importancia. También me dijo, que la relación entre dos personas era un deseo natural, pero la sociedad condenaba esa unión entre primos hermanos llamándola despectivamente incesto.

No recuerdo haber sentido en esa época ninguna culpa; primero, porque ella me lo había explicado de una manera simple, sin dar un tono de tragedia a lo sucedido durante la noche anterior; y segundo, porque había visto en repetidas ocasiones a los animales tener relaciones con pares de la misma familia, y se lo consideraba como una actitud normal. Tampoco me sorprendió jamás que Adelina fuese hija natural de mi tía.

Esa noche, cuando volvimos acostarnos, quedé un poco sorprendido al ver que Adelina se había puesto una bombacha y le pregunté si estaba menstruando, porque era en ese período cuando las mujeres de casa se vestían. No me respondió y rió a carcajadas por mi ocurrencia.

Creo que todos mis fantasmas de incesto hubiesen finalizado allí, si no hubiese sido que su bombacha me llamó más la atención y terminó por excitarme de nuevo. Ella estaba a mi lado como la noche anterior, pero miraba hacia el techo y yo aproveché para acariciar su vientre, de igual manera que ella lo había hecho conmigo. El cuarto estaba muy oscuro y no podía ver su rostro, no obstante sabía que no dormía, sentía su respiración comenzar a agitarse, disfrutaba del placer. Pero, cuando quise succionar sus senos, no me dejó hacerlo y tampoco permitió que le sacase la bombacha a pesar de estar húmeda por su excitación.

En un momento me apartó bruscamente y yo no supe que hacer, resté quieto, inmóvil hasta que sentí su mano acariciar mi estómago. El contacto de su piel produjo una especie de cosquilla en mi ombligo y luego, dulcemente, comenzó a frotar mi vientre pasando su mano por entre mis piernas, por los costados de mi sexo ya erguido, pero sin tocarlo, como si tuviese miedo de hacerlo. De pronto recordé su comentario de la mañana, de retenerme todo lo posible, porque el secreto de una buena relación sexual era de poder estirar el placer hasta el infinito. Pero, cuando al fin cerró su mano sobre mi pene, sentí temblar íntegro mi cuerpo y fue un volcán que explotó expidiendo su lava con tanta fuerza que también la salpicó a ella. Y no se enojó; al contrario, rió con esa risa cristalina que yo tanto amaba..

De lo sucedido esa noche no volvimos a conversar nunca más, ni lo repetimos aun cuando continuábamos de tanto en tanto a dormir juntos. A lo mejor tomé conciencia y descubrí la culpabilidad del acto, porque fue un secreto que jamás compartí con nadie en toda mi vida. Pero con ninguna otra mujer llegué a experimentar un placer igual y tampoco creo haber llegado a amar a nadie como la amé a ella.

Varios años más tarde, Adelina se recibió de médica y a pesar que los dos vivíamos en la misma ciudad de Córdoba, no nos volvimos a ver. Yo me perfeccionaba en piano y cursaba estudios en el conservatorio y un profesor particular. La política y la música se habían vuelto mis pasiones preferidas; cuando no me encontraba en un mitin estaba frente al piano; fue en esa época que compuse "Amor Prohibido" y así continuaron transcurriendo los años.


En muchas oportunidades volví a enamorarme de otras mujeres, pero siempre sentí que ninguna de ellas podía darme esa sensación de integridad psíquica que me faltaba, poco a poco mi alma comenzó atormentarse y mis noches se volvieron un calvario donde el alcohol y la música eran mis únicos visitantes.

Adelina era un recuerdo lejano que no finalizaba jamás por perecer y el día que ofrecí mi primer concierto como solista, ejecuté la composición "Amor Prohibido".  A pesar que estaba marcado en el programa, yo consideraba esa música como una sorpresa y la empecé con un fuerte dolor en mis entrañas. A Adelina no la había visto entre el público, pero sabía que estaba allí, la sentía presente. Sentía su respiración agitada, su mirada quemando mis manos y su emoción mi cuerpo, por eso cuando los aplausos se extendieron por los rincones del teatro, mis ojos estaban empañados de lágrimas. Sólo nosotros dos, ella y yo, sabíamos que ese concierto le pertenecía, como pueden pertenecer las estrellas al cielo y el cielo a los pájaros libres. Sin embargo, tampoco la vi cuando mis amigos vinieron a saludarme y ni siquiera me había hecho llegar un mensaje marcando su presencia. Pero yo sabía que ella había estado entre el público, acaso llorando por sus recuerdos, acaso contenta de mi triunfo musical, acaso arrepentida de un pasado que no podía  ya modificarse.




jueves, 26 de febrero de 2015

La leyenda de Bebe Cruz

Por Juan Carlos Alarcón


Don Zoilo tenía tantos años como su memoria podía recordarlos. A veces rondaba los 80 y pico, otras veces andaba por los 90 y tantos. Vivía a unos 5 Km del pueblo, y en el campo tenía varios perros y gatos, casi una docena. Los primeros eran para espantar a cualquier curioso, que quisiera avisarse a la casa sin prevenir su llegada y los gatos eran para evitar que hubiera ratones. Los perros no tenían nombre propios porque los había bautizado con el número de orden que habían nacido o llegado a esa vivienda. El primero se llamaba Uno, el segundo Dos, el tercero Tres y así sucesivamente. Pero cuando los llamaba para darles de comer, el comenzaba
-Uno, Dos, Cuatro, Cinco
-¿Y el Tres no lo cuentas o lo tienes a régimen?
-¡No, desapareció, se lo llevo el Bebe Cruz!...

La leyenda del Bebe Cruz continuaba en la memoria de la familia y venia desde lejos, desde cuando los abuelos eran pibes. Uno se llamaba Enrique, pero todos lo llamaban por su sobrenombre Quique o el Pibe Mudo. El Quique no hablaba aunque no era mudo, solamente no le gustaba hablar y se limitaba a mirar a quien le dirigía la palabra. Si estaba de acuerdo con lo que le decían se limitaba a sonreír, si no estaba de acuerdo encogía los hombros y en cuanto se presentaba la oportunidad se escapaba al fondo donde se sentaba en un tronco de árbol a mirar la casa, el campo, el mundo o se ponía leer ya que le gustaba bastante la lectura.

En la familia esto inquietaba mucho y su madre no sabía qué hacer porque con sus 7 años, el mocoso, posiblemente hubiera respondido verbalmente 7 frases en público. Una tarde, decidieron llevarlo a un psicólogo escolar para que lo viera, pero a la tercera consulta, el Quique, clavo sus ojos sobre la psicóloga y le dijo bien claro: “No pierda el tiempo que no tengo ganas de hablar”. Allí se terminaron las consultas al psicólogo escolar y el Quique siguió sin hablar y sin amigos. A su edad ya era un ermitaño.

En realidad, con la única que se llevaba bien era con su hermana y su compañía parecía agradarle. Lisbeth tenía un año menos que él y era todo lo contrario. Ella charlaba hasta por los codos y se decía que era una lora capaz de hablar hasta cuando dormía. En lo sociable, Lisbeth también era distinta a su hermano, ella casi nunca estaba sola y siempre se encontraba jugando con amigas de su edad. Si no conseguía ningún amigo se pegaba a cualquiera de la familia hasta que la corrían porque los terminaba mareando con su charla.

Cuando Lisbeth veía a su hermano sentado al fondo, en el tronco del árbol caído, ella iba y se sentaba a su lado. El Quique la recibía con una sonrisa y algunas veces le daba un beso en la mejilla. Entonces ella comenzaba hablar, primero le contaba cosas que hacía con sus amigas, luego seguía con las cosas que hacían los adultos y hasta le pasaba las recetas de comida de la abuela. Pero, como su hermano no respondía y, a ella se la acaban las informaciones, poco a poco iba mudando de tema y partía hacia historias que su imaginación pudiera construir. Lisbeth tenía mucha imaginación y un tío solía decir durante las comidas que la nena seria escritora porque él también se fascinaba con las historias inventadas por la lorito.



Algunas veces, cuando alguno de la familia explicaba que, algún día, el Quique la correría a chancletazos, ella respondía: “¡Es un mudo trucho!...” y se mataba de risa, seguidamente agregaba: “A mí siempre me habla y hasta me pide que le invente nuevas historias”.

Con los años el Quique terminó en un internado donde hizo su escuela secundaria y después se fue cursar estudios de ingeniería a una ciudad bastante lejos donde finalizó casándose con una mujer de esa ciudad. Sólo iba a visitar su familia durante las fiestas de fin de año, pero siempre bastante parco con el habla. Lisbeth se recibió de maestra, como su madre, y trabajó en varias escuelas de la región. Poco a poco se volvió escritora y su primer libro fue de poesías; más tarde fueron apareciendo otros de narrativa y se vio rápidamente que su fuerte eran los cuentos, historias cortas de mucha imaginación; sin embargo, nunca escribió sobre el Bebe Cruz. Cuando se jubilo se trasladó a vivir a la Capital donde había más espacio para su literatura.

Se supo que Bebe Cruz tenía poderes extrahumanos. Una noche de verano Lisbeth estaba parada con los brazos sobre la punta de la mesa observando amasar a su abuela mientras le contaba el episodio de un radio teatro del día anterior, que su abuela no había podido escuchar porque tuvo que ir al pueblo. Quique se aproximó a su hermana y en el oído le pidió que lo acompañara y tomándola de la mano la llevó hasta el árbol caído.

El Quique se sentó en el tronco donde lo hacía siempre y comenzó a otear para todos lados como esperando a alguien. Lisbeth que estaba apurada por regresar a la cocina y terminar de contarle el episodio radial a su abuela no quiso sentarse, seguía parada. Fue allí que apareció Bebe Cruz llevando a la mujer de la mano, porque era ella que lo seguía siempre a él. El Pibe Mudo se puso de pié y quedaron mirándose a los ojos con Bebe Cruz. Entonces Bebe Cruz hizo aparecer en su mano un camioncito de lata que se lo regalo al Quique quien sonreía feliz.
-¿Por un autito de lata yo me quedo sin comer la pizza que está haciendo la abuela? –dijo Lisbeth. Fue entonces que Bebe Cruz frotó una mano sobre la otra y apareció una porción de pizza con abundante queso como le gustaba a la nena. Luego hizo aparecer otro pedazo que se lo dio al Quique. Al final del día entre los dos se habían comido media pizza, sentados detrás del árbol caído para que nadie los viese.

A esta historia la narró Lisbeth varias semanas más tarde, pero nunca se pudo confirmar o desmentir, porque el Quique, que había sido testigo presencial, continuaba sin querer hablar.

Dicen que la leyenda de Bebe Cruz es de aquella época, de cuando los chicos eran chicos. La abuela decía que la madre de Lisbeth le contaba cosas sobre el Pibe Mudo y la lorita de Lisbeth. También había un viejo paisano que solía explicar que la leyenda de Bebe Cruz la había inventado la nena para entretener a su hermano el ermitaño. Pero, como toda leyenda, esta tampoco se sabía bien dónde ni cuándo había nacido. La cuestión era que, en el campo del viejo Zoilo, se empezó a desconfiar de ese sitio y nadie quería acercarse de noche al lugar donde estaba el árbol caído, porque aparecía el Bebe Cruz de la mano de una mujer que tal vez sería su madre. Dicen que en ese lugar ni los animales iban de noche.

Se dice todavía que Bebe Cruz tenía 3 o 4 años y que la joven que lo acompañaba parecía una gacela; caminaba con los pies descalzos como si se desplazara sin hacer ruido. En realidad, cuando caminaban lo hacían en el aire, ninguno de los dos tocaban el suelo, pero no volaban.

Algunas veces, cuando todas las familias se juntaban en el campo para pasar los días festivos Enrique y Lisbeth solían sentarse sobre el árbol caído a tomar mates, y a menudo terminaban discutiendo mientras señalaban lugares y estaturas sin ponerse de acuerdo
-Era la madre…
-¡No, era una hermana!...
Sin embargo, cuando alguien se les aproximaba para interiorizarse del motivo de la discusión. Ellos se miraban a los ojos y largaban una carcajada sin dar explicaciones; pero todos podían imaginarse el motivo de sus discusiones. Parecía ser que también el Bebe Cruz podía alterar las ondas cerebrales.




Acaso ese sería el último año en que se verían, los dos ya estaban con mucho años en sus espaldas, tal vez demasiados y casi ni podían caminar. Lisbeth le sirvió un mate al Quique le preguntó:
-¿Por qué nunca dijiste que fuiste vos quien choreo la pizza del horno de ladrillo?
-¡Ni en pedo, la abuela Luli me hubiera matado a chancletazos!...y vos ¿Por qué no le contabas que afanabas los huevos del gallinero para hacer tortas de barro con tus amiguitas?...