jueves, 9 de julio de 2015

El difunto Pedro


Por Juan Carlos Alarcón

Quedaba feo reírse; pero el tipo que estaba frente mío tenía clavada su mirada en mis propios ojos, como si quisiera leer mis pensamientos. Era la hora de los lobos, cuando hacen crisis los neuróticos según el filme de Bergman. Claro que allí en Los Calchines no había cine, ni teatro, ni tampoco un Mac Donald para distraerse a la noche. Esa tarde, la tarde caía serena y sin frio mientras las primeras sombras de la noche sacudían su polvo de misterio. Sin embargo, adentro de la comisaría una pequeña lámpara iluminaba apenas la habitación. Yo no sabía si era porque estaba cubierta de tierra y caca de moscas o simplemente si se trataba de hacer economía del consumo eléctrico con lamparitas de bajo voltaje.
En los pueblitos chicos tener una comisaría es un lujo; de allí que algunos intendentes se la ingeniaban negociando con las autoridades provinciales: el pueblo ponía a disposición una vieja vivienda, el agua, la luz y algunas garrafas para la cocina y la provincia metía el resto. Es decir, dos o tres policías que garantizaban la seguridad con su presencia.
En general los delitos eran repetitivos y, a menudo, entre los propios vecinos: robo de nafta de alguno vehículo mal vigilado, gallinas que desaparecían de los patios abiertos y algunas botellas de vino que le sustraían al único almacén del pueblo. El resto de las intervenciones policiales eran peleas de vecindario: un perro que ladraba toda la noche sin dejar dormir a nadie, un árbol que no era podado y las ramas se instalaban en la casa del lado, alguna riña de borrachos después de un asado bien regado. Los Calchines era un pueblo chico de pescadores sin pescadores y bastante alejado de otra urbe más grande. Tampoco había diarios propios ni ningún otro medio informativo; en realidad, el medio de comunicación local era la plaza donde por las tardes la gente iba a sentarse para tomar mates y pasarse las noticias del lugar entre mates y tortas fritas. Medio rudimentario como medio informativo pero allí todo se procesaba; si fulana había engañado a su marido con otro, al día siguiente todos lo sabían. La policía conocía bien los senderos de los rumores silenciosos

Parece que el medio informativo de boca a oreja de la plaza había largado varias pistas sobre el robo del finado Pedro. Algunos decían que los autores era una banda de traficantes de órganos humanos porque en la ciudad se vendían a buen precio. Otra versión explicaba que como el finado desconfiaba de los fantasmas que rondaban el cementerio local, ellos lo habían robado para una ceremonia de brujerías macabras; hasta circulaba el rumor que extraterrestres se lo llevaron porque nadie se explicaba cómo podía desparecer un cajón con un cadáver en pleno día.
La cuestión era que cada mate que circulaba de una mano a otra iba acompañado de una nueva interpretación sobre la desaparición del difunto.
El policía que estaba frente mío no dejaba de escudriñarme y me pregunto:
- ¿De dónde viene Ud.?
- De Francia, respondí conteniendo mi risa.
- ¡No, ahora!
Yo me miré como estaba vestido, con una bermuda, una camisa amarrilla, un gran moño rojo, bigotes falsos de utilería de teatro y un birrete que lo mantenía en mi mano por respeto a la autoridad.
- Vengo de una fiesta con amigos achacados como yo mismo, pero fieles.
La policía me detuvo cuando estaba entrando a la casa de doña Beatriz Kohlstedt, la viuda del finado. Doña Beatriz, a pesar de sus años y de sus cinco hijos paridos en el propio pueblo, caminaba bien erguida y a menudo portaba un sombrero en su cabeza marcando la estirpe de sus antepasados europeos.
Yo venía de entrar a la casa y la vi charlando con otra mujer al fondo de la vivienda. Pero en el momento que me dirigía hacia ella, la policía me agarró del brazo y me llevó a la comisaría para interrogarme.
En los pueblitos, del interior de cualquier provincia, hay una vieja costumbre, cuando sucede algo raro y en ese momento hay un extranjero, siempre es el primer sospechoso. No me dieron tiempo a decirle a la viuda que no se preocupara por la ausencia de Pedro, que antes de la madrugada el difunto volvería de nuevo para que terminaran el velorio y después pudieran enterrarlo como tenían previsto.
Cuando me enteré que el Pedro estaba por morirse, de puro viejo nomas, yo tomé el único colectivo que entraba al pueblo para saludarlo antes de morirse. Pero llegué tarde.
Nosotros éramos un grupo de amigos que nos conocíamos casi desde la adolescencia y el Pedro Aguirre fue el más fiestero de todos nosotros, siempre nos decía: “el día que yo me muera no quiero que lloren ni que me extrañen, quiero que ese día hagan un asado, pongan música, chupen y canten a coro a mi memoria”. Eso fue lo que hicimos, nos llevamos el cajón con el finado Pedro.
Cuando el asado estuvo listo, pusimos música y llenamos los vasos con cerveza para brindar y cantar como lo había pedido él mismo. Pero antes, lo sacamos del ataúd y lo sentamos en una silla en la punta de la mesa. Fue entonces que uno de los amigos dijo.
- Ché, la viuda Beatriz se preocupará si no lo ve al finado Pedro.
Yo respondí:
- No te preocupes, hago una escapada para decirle que más tarde se lo devolvemos, así puede terminar tranquila el velorio y luego enterrarlo como tenían previsto.

Por eso cuando en la comisaría yo escuchaba todas las conjeturas que hacían sobre las intenciones de los que habían robado el muerto, yo mordía mis labios, quedaba feo reírse delante del policía que me miraba fijo como hurgando mis pensamientos. 

domingo, 31 de mayo de 2015

Don Zoilo


Por Juan Carlos Alarcón


Todo comenzó en un bar con la curiosidad de una amiga que se le dio por preguntarme ¿qué recuerdos tenía de mi niñez? ¡Ninguno!. En realidad no tuve niñez y pase a ser adulto desde la edad en que los chicos jugaban con trompos o pelotas de trapo, por eso fue que decidí volver al barrio de mi infancia para intentar recuperar algún recuerdo. Para eso tenía que visitar al viejo Zoilo si es que todavía no se había muerto.
El viejo Zoilo era la memoria viva de la zona, viejo como el ombú del patio trasero de su casa donde se pasaba el día sentado, fumando tabaco en hoja que él mismo iba armando haciéndolos rodar por su pierna.
Don Zoilo era radical, medio fanático; sólo había que hablarle mal de Irigoyen y te dejaba de saludar por varios meses. Pero como buen paisano, hombre que venía del campo, era parco pero cortés y gentil. Le gustaba el mate amargo como el vino sin soda. Desde que se despertaba hasta el mediodía tomaba mates; luego del almuerzo venia su siesta debajo del ombú y de allí en adelante era el vino que lo acompañaba y al cual muchas veces le metía medio limón para sacarle el acides, decía. Es decir que a media tarde ya estaba medio mamado, y cuando llegaba la hora de cenar ya no sabía ni como se llamaba del pedo que se agarraba.
El barrio donde vivíamos era humilde. Casas con habitaciones en hilera y un tejado que hacía de galería. Las casas tenían un patio grande y al fondo el excusado de pozo negro con una cortina gruesa para cubrir la timidez de sus habitantes, porque las viviendas no tenían tapiales la mayoría eran rodeadas con alambrados. Don Zoilo vivía justo al frente de nuestra casa y éramos vecino de buena convivencia. A menudo nuestras familias intercambiaban platos con comida o postres caseros.
Según mi padre, don Zoilo tenía una contradicción ideológica y muchos fines de semana le ofrecía alguna damajuana de vino porque cuando se ponía bien en pedo don Zoilo se ponía gritar “¡Viva Perón, carajo!” como todos los borrachos del barrio; entonces mi padre con sus amigos se mataban de risa. Por supuesto, cuando don Zoilo estaba fresco tomando mates negaba a muerte eso. Pero un fin de semana mi padre cometió un error, consiguió un grabador a pilas y le registró el grito peronista. Cuando al día siguiente el viejo Zoilo se escuchó gritando “¡Viva Perón, carajo!” se quedó en silencio; cuentan que por sus ojos caían lágrimas de bronca. La cuestión es que desde ese día don Zoilo dejó de tomar y suplantó el vino por limonada. Toda su familia le estuvo muy agradecida a mi padre; claro que desde aquel día jamás se le escuchó vivar a Perón.
Cuando me vio parado frente suyo, me miro desde sus casi 100 años y me reconoció en el acto a pesar de los años que habían pasado.
- ¡Has crecido chango!
El barrio no había cambiado mucho, sólo que ahora tenía agua corriente y electricidad en todas las casas. El resto seguía igual de pobre y hasta el nombre había perdido porque lo llamaban La Villa.
- Los políticos se acuerdan de nosotros cuando hay elecciones, el resto del tiempo no existimos. Aquí se nace para esperar la muerte; muy poco logran cruzar el canal para el lado del centro. Vos fuiste uno de esos; pero en general tampoco vuelven más.
- Es cuestión de tener sueños y aferrarse con uñas y dientes a eso; dije casi avergonzado, porque de repente me acordé de una frase que solía decir mi padre: “No hay que tener vergüenza de ser pobre, de lo que hay que tener vergüenza es de olvidarse de los pobres”.
Don Zoilo se atragantó de la risa con el mate que nos cebaba su hija Olga:
- ¡Tener sueños aquí, eso solo ya es un lujo!
Entonces le pregunté ¿Cómo era yo cuando chico?
- Salvaje, dañino y estúpido –respondió- A la noche te trepabas al techo de tu casa y le tirabas hondazos a las estrellas para tratar de romperlas. Se te había metido en la cabeza que así se hacían los fuegos artificiales.



jueves, 16 de abril de 2015

ADELINA... ¡ADELINA!

Por Juan Carlos Alarcon 

(A la memoria de Lord Byron)


Corrían los últimos años de la década del cuarenta cuando el escritor germano Emil Ludwig moría en Suiza, donde se había exilado siete años antes y, en Alemania, los técnicos reconocían haber heredado, luego de la guerra, más de cuatrocientos millones de metros cúbicos de escombros. En Francia, el asesinato del conde Bernadotte, personaje discutido por su pasado político, conmovía la opinión pública; mientras tanto, Maurice Chevalier procuraba borrar su imagen de colaboracionista nazi. Era la época en que Europa intentaba reconstruir su período sangriento y se apoyaba sobre el draconiano Plan Marshall americano y en Chile se descubrían platos voladores luminosos que intrigaban la incipiente ciencia del espacio.

El occidente, con sus contradicciones de pos-guerra, cerraba así los años malditos para abrir una nueva época floreciente y Argentina no era una excepción. El país vivía su apogeo y el presidente Perón, apoyado en una política popular, se iba transformando en una de las personalidades más controvertida de la historia: para algunos era un dios; para otros, el diablo en persona.

Córdoba no era una isla, sus estructuras sociales también se iban reacomodando y la clase media buscaba reorganizarse adquiriendo mayor poder económico, situación que le daba una falsa ilusión de alternativa burguesa. Los sindicatos obreros tampoco se quedaban rezagados y cerraban sus filas avanzando aceleradamente en sus conquistas reivindicativas, mientras que la iglesia y la alta burguesía comenzaban a inquietarse por la pérdida de sus privilegios tradicionales promoviendo alianzas con militares ávidos de poder. Era la época de conciliábulos subterráneos, aún cuando la provincia progresaba y se iba produciendo un estallido industrial sobre el cordón periférico de la ciudad.

Dentro de ese período de prosperidad y convulsiones, nací yo, en el seno de una familia peronista que tampoco pudo escapar a la psicosis de bautizarme con el primer nombre del general Perón. Y así fui creciendo, en el interior de esa familia marcada por el destino de una militancia política y de un misterio que llegó a extenderse casi como una leyenda.

En realidad, la vida de mi abuelo no había sido demasiada clara y se murmuraba que su gran fortuna la había hecho durante la campaña contra los indios cuando era coronel, pero nadie creía demasiado que, alguna vez, él hubiese estado enrolado como militar. Otras veces, se dijo que era el producto de un antiguo comercio de esclavos o del tiempo en que traficaba con prostitutas en las fronteras bolivianas. Lo cierto fue, que el origen de su riqueza era bastante nebuloso y que a mi abuelo no le interesaba disipar, porque si alguien le hacía mención de ello, él respondía a menudo con una sonrisa irónica, agrandando sus ojos de asombro y haciendo un movimiento de cabeza sin que nada se comprendiera.

Mi padre no fue distinto, había comprado su título de profesor de historia en un momento de avatares institucionales en la universidad y eso le había permitido trabajar como enseñante en varias escuelas pueblerinas o como periodista en una radio local. Mi padre era dinámico, interesado en el avance intelectual de la provincia y un apasionado por todo aquello que podía emprender. Su vida había estado marcada por períodos de ausencias inexplicables y que parecía no incomodar demasiado a mi madre, eso llevó que hasta los quince años yo lo encontrase por etapas.

Todos los misterios y rumores oscuros escuchados durante la infancia, me llevaron a pensar durante años que mi pasión aventurera provenía de una herencia paterna. Sin embargo, deseché esa idea cuando un amigo de la familia me contó que mi madre tampoco habíase quedado a la zaga y acumulaba bien sus propios enigmas de manera insólita y, a lo mejor, más que su marido.

Mi madre era pagana por vocación y gustaba de la música gitana como de la poesía provinciana de Leopoldo Lugones, gustaba tocar el piano tanto como beber el champagne frío que se hacía librar mensualmente. Ella había sido bailarina de cabaret y tampoco se le conocía su origen aún cuando tenía un fuerte acento sureño. A veces se dijo que era hija de gitanos y, otras tantas veces, que provenía de una familia de la nobleza indígena, pero ella misma nunca habló de su pasado y no creo que ni siquiera mi padre conociese su origen, porque su vida era tan recóndita como la fortuna de mi abuelo.

Ella era una mujer atractiva, tenía la belleza árabe en sus ojos negros contrastando enormemente con sus largos cabellos ondulantes, rojos como el fuego, y que caían desordenados sobre sus hombros siempre desnudos. Era joven y sus labios humedecían permanente una sonrisa seductora, provocativa y sibarítica. Sujeto sobre su brazo izquierdo, portaba un amuleto en oro artesanal, como si ya fuese parte misma de su cuerpo y por eso se comentaba que era una hechicera cuyo amuleto le servía para preservar fresca su belleza.


Mis padres se conocieron en un local nocturno ubicado al costado del río Primero, cuando mi madre danzaba voluptuosa y media desnuda los acordes de una música gitana y endiablada entre los gritos del público producido por la mezcla de erotismo y alcohol. Desde un primer instante, todo el pensamiento de mi padre se pobló con las imágenes de esa bailarina sensual y salvaje, pero ella tenía un hombre que la protegía en permanencia y no dejaba que nadie se le aproximara. Mi padre intentó siete veces hacerlo y siete veces fue rechazado por ese enorme guardián que le resultaba ya repulsivo y repelente. Por entonces, mi padre tenía veintiocho años y no estaba acostumbrado al fracaso ni tampoco gustaba permitírselo; por eso, una noche,  él llegó al cabaret y sin entrar esperó que mi madre comenzara su baile satánico; luego, con una patraña, logró que ese guardaespaldas enamorado y celoso lo acompañase hasta las márgenes del río y allí le incrustó siete puñaladas, una por cada vez que había sido recusado; acto seguido, le pegó siete puntapiés en el cuerpo, uno por cada día de la semana porque la pasión, según mi padre, se exprimía siete días sobre siete. Después aguardó con calma, fumando cigarrillos que él mismo armaba, hasta las cuatro de la madrugada en que ella terminaba su trabajo y cuando salió a la calle en busca de su ángel protector, mi padre la arrastró con fuerza y la secuestró.

Se la llevó al campo, a una estancia propiedad del abuelo y allí la mantuvo cautiva hasta que, un día, decidieron casarse porque ella había quedado embarazada.

Desde entonces, mi madre abandonó la danza para dedicarse a la casa y nunca se la vio muy triste lo que hacía pensar, que la elección de esa nueva vida también le pertenecía sin desagradarle demasiado. Su sonrisa seductora la transformó en cantos y baladas que acompañaba con el piano que mi padre había hecho instalar.
Cuando Totty nació, mi madre tuvo un delirio naturista y cambió toda la decoración de la vivienda. Las habitaciones fueron transformadas en diferentes oasis tropicales, con pájaros y animales domésticos que se paseaban libres de pieza en pieza y la misma alimentación familiar fue remplazada por otra más saludable compuesta de frutas, leche y verduras crudas. Ella prohibió todas las vestimentas en el interior de la casa y hasta los sirvientes debieron desplazarse desnudos. Se decía, que mi madre pretendía que mi hermana creciese en un ambiente sano y natural, sin prejuicios ni condicionamientos sociales. Mi padre se divertía como loco con esa nueva situación y se paseaba desnudo todo el tiempo.

Alguien me comentó alguna vez, que él quiso aprovechar esa situación para crear una secta o una comunidad, ligada a la libertad del sexo, pero ella se lo impidió.

Un día mi madre desapareció sin dar explicaciones y una de las domésticas tuvo que ocuparse exclusivamente de Totty. Mi padre creyó haber sido abandonado y comenzó a deprimir; pero, veinte días más tarde, reapareció como si nada hubiese sucedido y trajo una prima consigo, Rosita, una hermosa morena de dieciocho años que también se instaló a vivir en la estancia como segunda mujer de mi padre.

Yo fui el tercero de los chicos que habitaban esa casa. Es decir que, cuando nací, había ya dos mujeres: mi hermana mayor Totty, y Adelina, la hija de Rosita y de la cual me enamoré perdidamente desde el primer momento que me sonrió cuando yo estaba aún en la cuna.

Adelina era cuatro años mayor y al cumplir mis trece años ella traspasaba en algunas semanas la barrera de los dieciocho, era la que se ocupaba de mí y controlaba mis lecciones de piano que mi madre ordenaba, porque comencé a gustar de la música cuando todavía no caminaba.

Recuerdo que yo tenía trece años y una vida feliz, la música clásica y Adelina eran mis dos pasiones principales y por ello no podía ser otra mujer la que debía despertar mis primeros deseos sexuales.

Un fin de semana, el feriado del 9 de julio caía un lunes y producía un largo reposo, período que se aprovechaba generalmente para organizar encuentros sociales y mis padres con mi tía partieron a Córdoba, a una fiesta familiar de esas que se pasan todo el tiempo comiendo, bebiendo y jugando a las cartas. Totty ya estaba en la universidad estudiando y se les uniría el sábado por la tarde, y con Adelina debimos quedarnos solos todo el fin de semana. Tal cual lo hicimos.

Nosotros estábamos acostumbrados a vernos desnudos, porque esa costumbre nunca había sido totalmente desterrada, sin embargo cuando esa noche nos acostamos en mi cama y nuestros cuerpos se tocaron inevitablemente, yo tuve la sensación de experimentar un placer fortuito, desde los pies a la cabeza. Adelina notó mi embarazo y apercibió el principio de erección y, en vez de separarse, se aproximó aún más contra mi cuerpo. Ella sentía a perfume de flores, como si hubiese frotado sus cabellos con hojas de jazmines y yo contuve la respiración tratando de evitar que se disipe esa realidad. Entonces, ella empezó acariciar mi pecho, como quien juega con un dedo sobre las formas de mi piel y continuó bajando su mano por mi vientre.

A trece años, lo único que sabía del sexo lo había aprendido observando a los animales, sobretodo un inmenso toro que mi padre tenía para procrear y al cual muchas veces los peones debían ayudar, porque era muy pesado y no lograba montar sobre las vacas. Ese espectáculo, casi siempre me hizo reír, salvo en algunas oportunidades -debo reconocer- que llegó a excitarme bastante aun cuando yo no le daba mucha importancia.

Cuando desperté al día siguiente, noté que yo estaba mojado con un líquido viscoso que hasta entonces no conocía muy bien. Adelina ya estaba estudiando en la cocina, se preparaba para pasar un examen de ingreso en la facultad de medicina y me senté en la misma mesa un poco alejado de ella para beber mi desayuno. Al principio, casi no hablamos, ella continuaba introducida entre sus libros, pero de improvisto le pregunté si ese líquido era el famoso semen para procrear de los animales machos; también le expuse otros interrogantes que habían despertado mi curiosidad convencido de que mi hermana conocía mucho más que yo de la materia.

Adelina alzó sus ojos de los libros y los fijó sobre los míos, pero no estaba sorprendida por mis interrogantes y, con suma naturalidad, fue respondiendo a mi curiosidad juvenil.

Esa misma tarde, Adelina me dio la primera lección teórica del amor y me explicó, que el orgasmo era uno de los placeres más hermoso y digno del ser humano y por eso, en el momento del acto sexual, había que tratar de retener lo máximo posible, el juego amoroso de la pareja tenía mucha importancia. También me dijo, que la relación entre dos personas era un deseo natural, pero la sociedad condenaba esa unión entre primos hermanos llamándola despectivamente incesto.

No recuerdo haber sentido en esa época ninguna culpa; primero, porque ella me lo había explicado de una manera simple, sin dar un tono de tragedia a lo sucedido durante la noche anterior; y segundo, porque había visto en repetidas ocasiones a los animales tener relaciones con pares de la misma familia, y se lo consideraba como una actitud normal. Tampoco me sorprendió jamás que Adelina fuese hija natural de mi tía.

Esa noche, cuando volvimos acostarnos, quedé un poco sorprendido al ver que Adelina se había puesto una bombacha y le pregunté si estaba menstruando, porque era en ese período cuando las mujeres de casa se vestían. No me respondió y rió a carcajadas por mi ocurrencia.

Creo que todos mis fantasmas de incesto hubiesen finalizado allí, si no hubiese sido que su bombacha me llamó más la atención y terminó por excitarme de nuevo. Ella estaba a mi lado como la noche anterior, pero miraba hacia el techo y yo aproveché para acariciar su vientre, de igual manera que ella lo había hecho conmigo. El cuarto estaba muy oscuro y no podía ver su rostro, no obstante sabía que no dormía, sentía su respiración comenzar a agitarse, disfrutaba del placer. Pero, cuando quise succionar sus senos, no me dejó hacerlo y tampoco permitió que le sacase la bombacha a pesar de estar húmeda por su excitación.

En un momento me apartó bruscamente y yo no supe que hacer, resté quieto, inmóvil hasta que sentí su mano acariciar mi estómago. El contacto de su piel produjo una especie de cosquilla en mi ombligo y luego, dulcemente, comenzó a frotar mi vientre pasando su mano por entre mis piernas, por los costados de mi sexo ya erguido, pero sin tocarlo, como si tuviese miedo de hacerlo. De pronto recordé su comentario de la mañana, de retenerme todo lo posible, porque el secreto de una buena relación sexual era de poder estirar el placer hasta el infinito. Pero, cuando al fin cerró su mano sobre mi pene, sentí temblar íntegro mi cuerpo y fue un volcán que explotó expidiendo su lava con tanta fuerza que también la salpicó a ella. Y no se enojó; al contrario, rió con esa risa cristalina que yo tanto amaba..

De lo sucedido esa noche no volvimos a conversar nunca más, ni lo repetimos aun cuando continuábamos de tanto en tanto a dormir juntos. A lo mejor tomé conciencia y descubrí la culpabilidad del acto, porque fue un secreto que jamás compartí con nadie en toda mi vida. Pero con ninguna otra mujer llegué a experimentar un placer igual y tampoco creo haber llegado a amar a nadie como la amé a ella.

Varios años más tarde, Adelina se recibió de médica y a pesar que los dos vivíamos en la misma ciudad de Córdoba, no nos volvimos a ver. Yo me perfeccionaba en piano y cursaba estudios en el conservatorio y un profesor particular. La política y la música se habían vuelto mis pasiones preferidas; cuando no me encontraba en un mitin estaba frente al piano; fue en esa época que compuse "Amor Prohibido" y así continuaron transcurriendo los años.


En muchas oportunidades volví a enamorarme de otras mujeres, pero siempre sentí que ninguna de ellas podía darme esa sensación de integridad psíquica que me faltaba, poco a poco mi alma comenzó atormentarse y mis noches se volvieron un calvario donde el alcohol y la música eran mis únicos visitantes.

Adelina era un recuerdo lejano que no finalizaba jamás por perecer y el día que ofrecí mi primer concierto como solista, ejecuté la composición "Amor Prohibido".  A pesar que estaba marcado en el programa, yo consideraba esa música como una sorpresa y la empecé con un fuerte dolor en mis entrañas. A Adelina no la había visto entre el público, pero sabía que estaba allí, la sentía presente. Sentía su respiración agitada, su mirada quemando mis manos y su emoción mi cuerpo, por eso cuando los aplausos se extendieron por los rincones del teatro, mis ojos estaban empañados de lágrimas. Sólo nosotros dos, ella y yo, sabíamos que ese concierto le pertenecía, como pueden pertenecer las estrellas al cielo y el cielo a los pájaros libres. Sin embargo, tampoco la vi cuando mis amigos vinieron a saludarme y ni siquiera me había hecho llegar un mensaje marcando su presencia. Pero yo sabía que ella había estado entre el público, acaso llorando por sus recuerdos, acaso contenta de mi triunfo musical, acaso arrepentida de un pasado que no podía  ya modificarse.




jueves, 26 de febrero de 2015

La leyenda de Bebe Cruz

Por Juan Carlos Alarcón


Don Zoilo tenía tantos años como su memoria podía recordarlos. A veces rondaba los 80 y pico, otras veces andaba por los 90 y tantos. Vivía a unos 5 Km del pueblo, y en el campo tenía varios perros y gatos, casi una docena. Los primeros eran para espantar a cualquier curioso, que quisiera avisarse a la casa sin prevenir su llegada y los gatos eran para evitar que hubiera ratones. Los perros no tenían nombre propios porque los había bautizado con el número de orden que habían nacido o llegado a esa vivienda. El primero se llamaba Uno, el segundo Dos, el tercero Tres y así sucesivamente. Pero cuando los llamaba para darles de comer, el comenzaba
-Uno, Dos, Cuatro, Cinco
-¿Y el Tres no lo cuentas o lo tienes a régimen?
-¡No, desapareció, se lo llevo el Bebe Cruz!...

La leyenda del Bebe Cruz continuaba en la memoria de la familia y venia desde lejos, desde cuando los abuelos eran pibes. Uno se llamaba Enrique, pero todos lo llamaban por su sobrenombre Quique o el Pibe Mudo. El Quique no hablaba aunque no era mudo, solamente no le gustaba hablar y se limitaba a mirar a quien le dirigía la palabra. Si estaba de acuerdo con lo que le decían se limitaba a sonreír, si no estaba de acuerdo encogía los hombros y en cuanto se presentaba la oportunidad se escapaba al fondo donde se sentaba en un tronco de árbol a mirar la casa, el campo, el mundo o se ponía leer ya que le gustaba bastante la lectura.

En la familia esto inquietaba mucho y su madre no sabía qué hacer porque con sus 7 años, el mocoso, posiblemente hubiera respondido verbalmente 7 frases en público. Una tarde, decidieron llevarlo a un psicólogo escolar para que lo viera, pero a la tercera consulta, el Quique, clavo sus ojos sobre la psicóloga y le dijo bien claro: “No pierda el tiempo que no tengo ganas de hablar”. Allí se terminaron las consultas al psicólogo escolar y el Quique siguió sin hablar y sin amigos. A su edad ya era un ermitaño.

En realidad, con la única que se llevaba bien era con su hermana y su compañía parecía agradarle. Lisbeth tenía un año menos que él y era todo lo contrario. Ella charlaba hasta por los codos y se decía que era una lora capaz de hablar hasta cuando dormía. En lo sociable, Lisbeth también era distinta a su hermano, ella casi nunca estaba sola y siempre se encontraba jugando con amigas de su edad. Si no conseguía ningún amigo se pegaba a cualquiera de la familia hasta que la corrían porque los terminaba mareando con su charla.

Cuando Lisbeth veía a su hermano sentado al fondo, en el tronco del árbol caído, ella iba y se sentaba a su lado. El Quique la recibía con una sonrisa y algunas veces le daba un beso en la mejilla. Entonces ella comenzaba hablar, primero le contaba cosas que hacía con sus amigas, luego seguía con las cosas que hacían los adultos y hasta le pasaba las recetas de comida de la abuela. Pero, como su hermano no respondía y, a ella se la acaban las informaciones, poco a poco iba mudando de tema y partía hacia historias que su imaginación pudiera construir. Lisbeth tenía mucha imaginación y un tío solía decir durante las comidas que la nena seria escritora porque él también se fascinaba con las historias inventadas por la lorito.



Algunas veces, cuando alguno de la familia explicaba que, algún día, el Quique la correría a chancletazos, ella respondía: “¡Es un mudo trucho!...” y se mataba de risa, seguidamente agregaba: “A mí siempre me habla y hasta me pide que le invente nuevas historias”.

Con los años el Quique terminó en un internado donde hizo su escuela secundaria y después se fue cursar estudios de ingeniería a una ciudad bastante lejos donde finalizó casándose con una mujer de esa ciudad. Sólo iba a visitar su familia durante las fiestas de fin de año, pero siempre bastante parco con el habla. Lisbeth se recibió de maestra, como su madre, y trabajó en varias escuelas de la región. Poco a poco se volvió escritora y su primer libro fue de poesías; más tarde fueron apareciendo otros de narrativa y se vio rápidamente que su fuerte eran los cuentos, historias cortas de mucha imaginación; sin embargo, nunca escribió sobre el Bebe Cruz. Cuando se jubilo se trasladó a vivir a la Capital donde había más espacio para su literatura.

Se supo que Bebe Cruz tenía poderes extrahumanos. Una noche de verano Lisbeth estaba parada con los brazos sobre la punta de la mesa observando amasar a su abuela mientras le contaba el episodio de un radio teatro del día anterior, que su abuela no había podido escuchar porque tuvo que ir al pueblo. Quique se aproximó a su hermana y en el oído le pidió que lo acompañara y tomándola de la mano la llevó hasta el árbol caído.

El Quique se sentó en el tronco donde lo hacía siempre y comenzó a otear para todos lados como esperando a alguien. Lisbeth que estaba apurada por regresar a la cocina y terminar de contarle el episodio radial a su abuela no quiso sentarse, seguía parada. Fue allí que apareció Bebe Cruz llevando a la mujer de la mano, porque era ella que lo seguía siempre a él. El Pibe Mudo se puso de pié y quedaron mirándose a los ojos con Bebe Cruz. Entonces Bebe Cruz hizo aparecer en su mano un camioncito de lata que se lo regalo al Quique quien sonreía feliz.
-¿Por un autito de lata yo me quedo sin comer la pizza que está haciendo la abuela? –dijo Lisbeth. Fue entonces que Bebe Cruz frotó una mano sobre la otra y apareció una porción de pizza con abundante queso como le gustaba a la nena. Luego hizo aparecer otro pedazo que se lo dio al Quique. Al final del día entre los dos se habían comido media pizza, sentados detrás del árbol caído para que nadie los viese.

A esta historia la narró Lisbeth varias semanas más tarde, pero nunca se pudo confirmar o desmentir, porque el Quique, que había sido testigo presencial, continuaba sin querer hablar.

Dicen que la leyenda de Bebe Cruz es de aquella época, de cuando los chicos eran chicos. La abuela decía que la madre de Lisbeth le contaba cosas sobre el Pibe Mudo y la lorita de Lisbeth. También había un viejo paisano que solía explicar que la leyenda de Bebe Cruz la había inventado la nena para entretener a su hermano el ermitaño. Pero, como toda leyenda, esta tampoco se sabía bien dónde ni cuándo había nacido. La cuestión era que, en el campo del viejo Zoilo, se empezó a desconfiar de ese sitio y nadie quería acercarse de noche al lugar donde estaba el árbol caído, porque aparecía el Bebe Cruz de la mano de una mujer que tal vez sería su madre. Dicen que en ese lugar ni los animales iban de noche.

Se dice todavía que Bebe Cruz tenía 3 o 4 años y que la joven que lo acompañaba parecía una gacela; caminaba con los pies descalzos como si se desplazara sin hacer ruido. En realidad, cuando caminaban lo hacían en el aire, ninguno de los dos tocaban el suelo, pero no volaban.

Algunas veces, cuando todas las familias se juntaban en el campo para pasar los días festivos Enrique y Lisbeth solían sentarse sobre el árbol caído a tomar mates, y a menudo terminaban discutiendo mientras señalaban lugares y estaturas sin ponerse de acuerdo
-Era la madre…
-¡No, era una hermana!...
Sin embargo, cuando alguien se les aproximaba para interiorizarse del motivo de la discusión. Ellos se miraban a los ojos y largaban una carcajada sin dar explicaciones; pero todos podían imaginarse el motivo de sus discusiones. Parecía ser que también el Bebe Cruz podía alterar las ondas cerebrales.




Acaso ese sería el último año en que se verían, los dos ya estaban con mucho años en sus espaldas, tal vez demasiados y casi ni podían caminar. Lisbeth le sirvió un mate al Quique le preguntó:
-¿Por qué nunca dijiste que fuiste vos quien choreo la pizza del horno de ladrillo?
-¡Ni en pedo, la abuela Luli me hubiera matado a chancletazos!...y vos ¿Por qué no le contabas que afanabas los huevos del gallinero para hacer tortas de barro con tus amiguitas?...



miércoles, 21 de enero de 2015

LA PUERTA

Por Juan Carlos Alarcon
« Todo amante es un soldado en guerra. »
Ovidio 



El día anterior había sido el cumpleaños de mi sobrino y nadie quiso acompañarme, ni mi mujer ni mis hijos. Tampoco yo mismo tenía pocas ganas de ir; pero había que satisfacer los compromisos familiares, era parte de las responsabilidades de las personas sensatas.

Mi hermana vivía al fondo de la calle en un barrio de clase media, donde se buscaba mantener la herencia de una cultura española, y recuerdo que ese domingo caminé bastante antes de decidirme a entrar. El cielo estaba deslucido y no atinaba a pintarse de amarillo. Cuando me detuve frente a su puerta lo hice poblado de reticencias y regalos, que más que pensando en mi sobrino habían sido preparados pensando en la demostración de un poder económico y de un triunfo laboral que parecía ser la vitrina pública del buen pasar de una familia.

La puerta de la casa de mi hermana era más bien un portón de madera rústica, grande de doble abertura, características en las antiguas viviendas de tipo colonial y antes de entrar busqué de nuevo un justificativo para regresar sobre mis pasos, pero sabía que me estaban esperando, porque además de ser tío sumaba el título honorífico de padrino de bautismo de mi sobrino.

Desde la calle podía escucharse la algarabía de los niños corriendo frenéticos por el patio de la casa. Pero en realidad no eran los niños que me fastidiaban, eran sus madres y sus abuelas, esas conversaciones insulsas y los cuchicheos hipócritas mal disimulados detrás de sonrisas irónicas. Todos los aniversarios infantiles eran iguales y yo no veía por qué ese tenía que ser diferente. Mi sobrino cumplía 6 años y le había prometido estar presente, como si las promesas a los chicos fueran importantes. Entonces mordí la pipa con desdén y entré con la mejor de mis sonrisas, tan falsa como las sonrisas de todos los aniversarios.

La vivienda se parecía más a un monasterio de campaña que a una vivienda de ciudad y, las pocas veces que había ido a ese lugar, nunca llegué a sentirme verdaderamente cómodo, y delicadamente evitaba toda invitación a visitarlos. Entonces entré preparándome para el suplicio.

Un patio rectangular de baldosas servía de marco a la fiesta. Hacia el fondo había un salón, que alguna vez fue cobertizo de animales y que habían transformado en una especie de sala comedor para las reuniones sociales, porque a mi hermana le gustaba extender su situación social entre amigos que no eran tan amigos y compañeros de trabajo de su marido que no eran tan compañeros. El salón estaba decorado con guirnaldas multicolores y se sentía un olor a limpieza reciente, era esa manía que tenía mi hermana de mezclar desinfectantes con colonias económicas para lavar los pisos. A un costado dentro del salón había una tabla grande apoyada sobre caballetes que servía de mesa para los chicos, repleta con golosinas, galletas y bebidas sin alcohol, rechazadas sistemáticamente por los chicos que preferían la libertad consentida para esas ocasiones. En el costado opuesto, más al reparo, se encontraba otra mesa más pequeña, estratégicamente ubicada para no perder de vista los niños que jugaban en el patio y que servía de albergue a los adultos. Ellos no despreciaban nada y, entre risas y bromas, iban devorando disciplinadamente todo lo que se encontraba al alcance de sus manos. Cuando llegué la fiesta estaba en pleno apogeo y casi nadie percibió mi presencia, salvo mi sobrino que se apresuró a manotear en el aire sus regalos y que luego se sentó junto a sus amiguitos para controlarlos. Eran las reglas de juego: los niños ignoraban a los adultos y los adultos se desentendían de los niños. Allí todo estaba en ese orden.


Saludé por cortesía y terminé por sentarme en un banco, apoyado contra la pared en un rincón discreto y me puse a observar sin curiosidad a los otros invitados, respondiendo tímido las ocurrencias que no llegaba a escuchar en su totalidad. A veces, me entretenía adivinando esos comentarios que, más tarde, volverían a repetirse en boca de otros. Otras veces, miraba jugar a los niños envidiando la espontaneidad de sus reacciones, la libertad de sus juegos. Creo que lo único que pretendía esa tarde era gastar el tiempo hasta el momento oportuno en que pudiese retirarme.

Me hallaba en esa situación, distrayéndome con los juegos infantiles cuando la descubrí por primera vez. Ella distribuía cornetas de cartón y silbatos de plástico entre los más pequeños y, en ese mismo instante, algo se removió en mi interior, como si mi universo kafkiano se hubiera despertado de su letargo.

Ella tenía los ojos cielo de primavera y una mirada tierna, que ocultaba detrás de párpados ruborizados cada vez que alguien la observaba fijo. Vestía una pollera de hilo azul marino, corta, sobre sus rodillas que no llegaba a ser una minifalda, y una blusa blanca dibujando delicadamente su naturaleza femenina. Dos cintas amarillas dividían sus cabellos en dos largos ríos de soles, era una adolescente con la apariencia de colegiala; pero había en ella un halo de sensualidad que se desprendía de sus movimientos y la contemplé intrigado. Se movía con naturalidad, ajena a los grupos adultos y cuando levantó los brazos para cortar algunos globos que estaban colgados junto a la pared, la pollera trepó sobre sus piernas dejándolas al descubierto, eran dos leños finos, tiernos y dorados.

Sentí una especie de concupiscencia en mis pensamientos y quise borrarlos; pero ¿cómo borrar un deseo que nace espontáneo? ¿Cómo encarcelar las emociones y fantasías en una mente llena de incertidumbres? Entonces continué mirándola, disfrutando del placer de su belleza infantil como quien se deleita ante una pintura magdaleniana.

Ella terminó su tarea de distribuir globos entre los niños y se quedó indecisa; el hecho de optar entre el grupo de los chicos para lo cual era grande o de definirse por los adultos para lo cual era niña, parecía haberla puesto en una situación embarazadora; pero, al final, se decidió por lo primero. ¿Cuánto tiempo estuve embelesado observándola? No lo sé, pero en todo caso fue hasta que me sorprendí al escuchar una voz que me preguntaba.
- ¿Quieres un trozo de torta?
- ¡No, gracias!... –respondí mientras mi hermana se instalaba cómodamente a mi lado, como si la torta que me ofrecía fuese sólo un pretexto para entablar una conversación. Yo hubiera preferido continuar solo, gustando de la gracia adolescente de esa niña, dejándome llevar por mis pensamientos y fantasías que ya danzaban epicúreas en mi cabeza. Por un instante sus ojos se cruzaban con los míos y acaso había comprendido la significación de mi mirada. Tal vez le agradaba sentirse admirada por un adulto porque me sonreía tan fugazmente como el cruce de nuestras miradas o tal vez le molestaba que la mirara de esa manera y fue por eso que continuó jugando con uno de los chicos. En realidad no sabía lo que ella podía estar pensado; pero sí sabía que mi hermana podía intuir mis pensamientos y decidí cambiar de idea con respecto a la torta de cumpleaños, que ella misma había preparado para esa ocasión. En realidad yo pretendía desviar mi atención de la adolescente. Pero ya era tarde, mi hermana había recorrido el camino de mi mirada y se había percatado de mi libido.
- ¡Natalie es bonita, cuando tenga algunos años más será una hermosa mujer!...

La adolescente, la de los cabellos rubios como el sol, pareció adivinar mis pensamientos y, de tanto en tanto, cuando nuestras miradas chocaban era yo quien desviaba los ojos turbados, porque ya no podía ocultar la atracción que ella despertaba en mí. Seguramente también se había dado cuenta de eso, pero en vez de sentirse molesta, ella jugaba aún más con su sensualidad y hasta por instantes parecía provocarme. Pensé que mi hermana se podía dar cuenta de ese juego de seducción que se había establecido entre la adolescente y yo, y decidí partir, dejar con rabia la fiesta de mi sobrino, casi con pena por no haber podido hablar con esa adolescente.

Antes de regresar a mi casa, caminé por la ciudad sin rumbo, procurando ordenar mis ideas ¿Hasta cuándo duran las crisis a los 50 años? Me lo pregunté un poco divertido. Entonces entré a mi casa y sonreí sin sonreír porque mi mujer me sirvió un café con dos cucharaditas de azúcar, como lo venía haciendo desde hacía 20 años, y me dio ganas de llorar, pero como no era lógico llorar por un café con esa medida de  azúcar, me puse a ver televisión de rabia, para distraer mis pensamientos.

Esa noche, la noche cayó como todas las noches de mi vida: oscura, con un cigarrillo en la mano y un diario con conflictos en alguna parte del mundo. Pero soñé con una primavera llena de flores, con un cielo multicolor y un pequeño arroyo que descendía por entre las montañas, eran imágenes que provenían desde mi infancia cuando sabía escaparme a la siesta a jugar con mis amigos. Sin embargo, esta vez en mis sueños estaba la adolescente con la pollera de hilo azul marino y la blusa blanca; sus cabellos ya no estaban atados sino libres y caían desordenados, voluptuosos sobre su espalda. Ella con sus 16 o 17 años provocaba, tenía esa sonrisa triunfante que le creí ver cuando partí huyendo del cumpleaños. Y desperté.


La claridad del día se filtraba por las aristas de la ventana y abrí los postigos para que el sol pudiera entrar, marcando el inicio de una nueva jornada de rutina. Era lunes y la semana comenzaba con sus realidades cotidianas, mis hijos partieron hacia la escuela y mi mujer a su trabajo; luego la casa volvió a quedar en silencio. Yo dudaba entre partir a trabajar o quedarme rompiendo responsabilidades ¿hasta cuándo uno tendría que repetirse en hechos cotidianos?

Me detuve junto a la puerta que marcaba la frontera: de un lado la rutina, la reiteración diaria de tareas repetidas y el hartazgo de una vida sin vivencias; del otro lado, la evasión, la libertad y el misterio excitante de una vida diferente. Y ese maldito teléfono que no dejaba de sonar. Sonaba rompiendo el silencio, seguramente sería del trabajo que pretendían saber por qué no había ido todavía. Si respondía sería para entrar en la rutina, y me pregunté cobardemente ¿hasta cuándo sería responsable? Entonces atendí con mis ojos llenos de lágrimas y rabias.
- Hola - Era una voz no conocida. Una voz agradable que temblaba como si dudara de lo que estaba haciendo- ¿Juan?...
- Sí; respondí conteniendo mi incapacidad de ser diferente.
- Soy Natalie y le hablaba para invitarlo a tomar un café si está libre.
- ¡Ya llego!.. –dije sin preguntar quién era, porque ya estaba pensando en sus cabellos dorados, en sus ojos azules, en su pollerita de hilo azul y su remera blanca.




martes, 28 de octubre de 2014

LOS PULPOS

por Juan Carlos Alarcon

Yo sé, yo sé que ese próximo amor
será para mí la próxima derrota
(Jacques Brel "Oeuvre Intégrale")


Hay secretos de familia y secretos individuales, y en los pueblos los secretos son más grandes, más secretos y más pesados. Lo dicen todos los psicólogos que nacieron en pueblos. Cuando era joven y escuchaba eso me reía porque yo mismo venía de un pueblo y mi familia también tenía su secreto. Nosotros nos habíamos instalado en París donde debía escribir un libro sobre el pensamiento filosófico de los escritores del siglo 18. Por ese entonces, yo contaba 45 años y trabajaba como profesor en un sórdido establecimiento de la periferia de París.
 
Ella se llamaba Nadège y jamás supe el origen exacto de su nombre aún cuando me dijera que era sueco. Tampoco supe bien el lugar de donde provenía, pero reconozco que nunca me importó demasiado. El primer día que la conocí me llamó la atención su risa ática, altanera y cautiva, bastante contradictoria con la tristeza de sus ojos.

Nadège tenía 21 años, piernas largas bien formadas y poblada de minúsculos lunares, como si fueran pequeñísimas islas de placeres epicúreos. Ella tenía la mirada color miel y su cabellera castaña clara, con reflejos dorados, que le caía en cascada por encima de sus hombros siempre desnudos. En resumen, Nadège era hermosa y se destacaba en cualquier sitio que estuviera, como esas rosas rojas en los jardines de Luxemburgo del barrio latino.

No sé si la empecé amar en el mismo instante de nuestro primer encuentro o si ya la amaba antes de conocerla, porque recuerdo que otro profesor de matemáticas me había hablado de ella algún tiempo antes y desde entonces había despertado mi curiosidad. De todas maneras, por Nadège, estaba dispuesto abandonar todo: mujer, hijos, amigos y trabajo. Lo que se dice todo ¡Y todo abandoné...!



A los 21 años, el amor se vive con una pasión espontánea y explosiva. Nuestra relación fue así, salvaje, ácrata y posesiva, al igual que el amor de los pulpos que se abrazan pegándose por sus tentáculos mientras se golpean con saña contra las rocas despidiendo un líquido viscoso y negro que termina tiñendo el mar por todos los costados. Nosotros fuimos iguales y, poco a poco, nos fuimos alejando del mundo hasta quedar prisioneros en un cuarto miserable de la zona baja de Montmartre, como si la enfermedad de nuestro amor iconoclasta nos hubiera puesto marcas epidérmicas que ahuyentaba la gente. Nadie quería vernos y nosotros tampoco queríamos ver a nadie; nuestra historia nos pertenecía sin complejos y no estábamos dispuestos a compartirla con ninguno.

Un cuarto sombrío, con míseros muebles de ocasión, fue nuestro universo idílico, ese paisaje multicolor de un país sin carreteras ni fronteras, donde el amor -y nada más que el amor- podía llegar a sobrevivir. Un amor tan nuestro como egoísta que nos unió fundiéndonos en una sola entidad de cariño lenitivo ¿Qué más se le podía pedir a la vida en ese entonces? ¿Qué otro destino podía compararse con esa felicidad? Difícil de pensarlo, tampoco llegué a encontrar una explicación racional a ese período de mi vida.

El tiempo transcurría así, entre primaveras florecidas y otoños cálidos; fue hasta que comprendí que, el amor, podía ser también un roedor salvaje que nos devoraba sin piedad por dentro. El amor, que había engullido mi corazón comenzó a carcomer lentamente mis entrañas, mi existencia, mis fuerzas intrínsecas de sobre-vivencia. Y nuestro amor fue así, ardiente, brutal, impío, bebiéndose nuestra sangre para aniquilarnos, consumiéndonos íntegro.

Hay amores que son tiernos y calmo, como simples encuentros de flores en las esquinas; hay esos que son violentos vividos con celos y desconfianza; pero, también están esos otros, como fue el nuestro, salvaje, primitivo, con una fuerza sibarita engendrando la corrupción de la carne. Entonces, la realidad muda de faceta y nos volvemos esclavos, marginales, temerosos de perder lo conquistado y tratamos de comprar los afectos a cualquier precio.

En esa época yo no tenía 21 años como Nadège sino 45 o 46 y a ese ritmo sicalíptico no podía llevarlo eternamente. Tendría que haberlo comprendido desde el principio, porque la experiencia es el cúmulo de una vida cotidiana. Pero no lo comprendí y me fui invistiendo de deseos infinitos, inagotables y siempre renovados. Con el tiempo, comencé a sentir las consecuencias y mi cuerpo empezó a debilitarse, a volverse enteco y latoso; casi no me alimentaba y la mayor parte del día lo pasaba consumiendo bebidas alcohólicas, buscando elementos donde reafirmar mis energías para continuar avanzando en la carrera contra el diablo. Yo sabía que en el mismo instante que no pudiese hacer más el amor, todo el castillo de cristal caería al piso en miles de pedazos, porque ese amor estaba compuesto únicamente de sexo y ella partiría abandonando la presa que ya no la satisfacía. Nadège había nacido para amar y ser amada y su existencia de sacerdotisa pagana florecía rejuvenecida desde el placer insaciable del acto sexual, mil veces repetido cotidianamente.

Al alcohol lo permuté por la droga y con la droga se reanudó nuestro lecho siempre nupcial y nuestros cuerpos se inundaron de nuevas caricias, de besos torpes y de una angustia demente por no poder detener ese destino. La amé como ningún otro hombre pudo haberla amado. Le ofrecí el agua de los mares, sus flores acuáticas y la pasión desmesurada de los pulpos. Le ofrecí mi universo perplejo, mis pensamientos y mi vida íntegra. Y ella lo tomó todo, como esas arenas sedientas del desierto.

A veces, cuando ella dormía, yo aprovechaba para salir a la calle y caminar hasta la plaza Clichy. Pero también eso comenzó a producirme un esfuerzo grande a causa de mi debilidad y entonces retornaba lentamente al cuarto lúgubre donde Nadège me esperaba con sus brazos abiertos, con su sonrisa cautivante y su mirada color miel-cielo; siempre con sus efervescentes deseos de posesión, esos deseos que se asemejaban a un abismo sin fondo, sin límites.

¿Cuánto tiempo vivimos en esas condiciones? ¿Cuántos días, semanas y meses y años habitamos la fiebre de una cama que me aniquilaba paulatinamente y del cual yo era consciente? ¿Cuántas veces me negué a despertar de mis sueños agitados para no encontrarme en el torrente de sus caricias tiernas y perversas? ¡No lo sé...! Aún hoy no lo sé. Pero recuerdo, que mientras más iba dejando regazos de mi vida sobre ese lecho impregnado con sudores, alcoholes y drogas, Nadège parecía alimentarse con el amor y rejuvenecía cada vez más. Día a día ella se transformaba en un nuevo pimpollo de rosa, sensual, provocadora y más hermosa que nunca ¿Es que la pasión de dos seres que se quieren, como nos quisimos nosotros, no fue el juego satánico y delirante del destino? ¿Es que nuestro amor no se podría comparar con el amor de los pulpos? Yo la amaba, y ella no quería otra cosa que amor. Yo la deseaba, y ella no pretendía otra cosa que ser deseada. Yo me entregaba con vida y alma, y ella no buscaba otra cosa que una vida y un alma en mi persona. Yo moría inevitablemente, perdiéndome entre la geografía de su cuerpo adolescente, y Nadège renacía con mayor ahínco plena de vida y de nuevas ansias.

No sé en qué momento, ni cómo ni cuándo, no sé si fue de noche o de día, pero de repente comprendí que estaba siendo víctima de un amor que, como la flor de mandrágora, me arrastraba hacia un mundo de sueños y ternuras maléficas del cual no saldría jamás vivo y quise huir, escapar del afecto de sus caricias, del fragor de sus besos y de esos nuevos y pequeños lunares que le nacían, bellos y atrayentes, cada vez que hacía el amor.

Une noche intenté fugar, pero las fuerzas ya me habían abandonado y caí junto a una silla ¿Es que se puede llorar por amar tanto? Yo lo hice, desconsolado, indolente, desvalido, sabiéndome preso de un sentimiento compartido, que por tan sublime se había vuelto grotesco. Recuerdo que Nadège me contempló absorta, como si no entendiese lo que me sucedía, luego dibujó la mejor de sus sonrisas seductoras mientras estiraba sus manos para acurrucarme de cariño. Ella estaba sentada en la cama, desnuda, con las piernas en cuclillas y sus senos latiendo palpitantes. Nadège, en ese momento, era la imagen profética de una diosa pagana ¿Cómo evitar la tentación cuando el amor es el estímulo del deseo? Entonces, yo también sonreí y en un esfuerzo sobrehumano busqué las cavidades de su cuerpo, ese oasis pleno de deleites donde podía saciar todas mis angustias, mis miedos, mis celos de saber que ya había comenzado a perderla. Nadège gimió de placer y, sobre cada una de mis caricias, fue absorbiendo con brío mis ansias, mi cuerpo y mi alma. Yo la amé como ningún hombre pudo haberla amado y me postré a sus pies, como el feligrés humilde delante de su sacerdotisa y dejé que las horas transcurrieran abandonándome a sus caprichos sibaríticos. Pero cuando Nadège se durmió, me vino la idea de asesinarla: matar para vivir, triste paradoja del destino; sin embargo, no tuve coraje ni la energía física para hacerlo. Entonces, decidí huir de una vez para siempre.

Creo que fue muy tarde, altamente en la noche; las entradas del subterráneo ya estaban cerradas y las calles desiertas. Recuerdo que sentí el aire fresco de Montmartre penetrar en mis pulmones y me arrastré por la acera, buscando alejarme lo más rápido del lugar, como si todo Montmartre estuviera contaminado por el sortilegio de una hechicera perniciosa. No sé hasta dónde llegué ni cuánto tiempo duró mi huida, pero me desvanecí tratando de evitarlo y, cuando abrí los ojos, tuve pánico de encontrarme de nuevo con su mirada color miel cielo, con su risa cristalina y sus manos imantadas de cariño. Pero me hallaba en una cama limpia con olor a desinfectante. Era el hospital regional y una enfermera me miraba con una sonrisa de bienvenida, como si yo estuviera regresando de un paraje cercano a la agonía. Mi esposa me tomaba de la mano y mi hija jugaba con los dedos de mi pié izquierdo. Quise decir algo, pero había perdido el sonido de las palabras. Quise sentarme en el lecho, pero mi cuerpo no respondía por tanta debilidad. Sentí que mis ojos se llenaban de lágrimas y lloré lágrimas de tristezas ¿Qué médico podía curar el amor? ¿Quién podía comprender la historia de los pulpos, que mientras más se amaban, más se destruían uno al otro?.

¿Cuánto tiempo necesita una herida para cicatrizar? ¿Cuántos calendarios deben gastarse para que las imágenes se transformen en simple reminiscencia? ¡No lo sé! Pero si sé que muchas veces paso por los jardines de Luxemburgo para espiar, escondido detrás de los árboles a Nadège, que continua paseando su belleza, mezclándose entre las flores y siempre sobresaliendo como una rosa roja, cada vez más joven, cada vez más hermosa, cada vez con un nuevo y pequeñísimo lunar en su cuerpo remarcando el esplendor de sus deseos. Más de una vez la espío de lejos, más de una vez estoy tentado de enfrentarla, sólo para explicarle que todo eso que hacemos por amor no muere nunca.