lunes, 26 de junio de 2017

Là-bas (Allá)


Peu de romans font référence à la dictature militaire d’Argentine ainsi que le fait Juan Carlos Alarcón. Il n’y a que des appels téléphoniques, un accident et des commentaires à « soto voce » au sein de la famille, nous font revenir en arrière, à un temps passé mais non pas oublié, sur l’histoire douloureuse de l’exil. De sorte que le roman est, si nous citons des mots de Borges, «une extension de la mémoire et de l’imagination, ce qui est très important car qu’adviendrait-il de l’identité personnelle face au fait que chaque moi serait son moi sans la mémoire personnelle».
Les membres d’une famille, étant les protagonistes, suffisent à Juan Carlos pour raconter cette histoire et, avec une grande maîtrise du temps narratif, il introduit le contexte France-Argentine, Argentine-France, pour définir la relation existante entre les conjonctures du milieu actuel et le processus militaire antérieur ; et, pour que l’ingénuité et l’angoisse jouent les contrastes, il transforme un enfant en chroniqueur des faits qui surviennent en France afin de créer une relation directe entre le lecteur et le narrateur, comme si celui-ci était en train de se confesser au premier...
Stella Maris Gamba

mis en vente sur www.edilivre.com
En quelques semaines, il sera mis en vente sur les principaux libraires en ligne à savoir Fnac.com, Chapitre.com, Amazon... De plus, tous les libraires de France, Suisse et Belgique pourront également le commander à travers Dilicom ou directement auprès d'Edilivre
Prix de vente public :
·      12,00 € en livre papier
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sábado, 30 de julio de 2016

“ALLA”

 Ella es profesora de lengua y literatura
fue Directora de Cultura de la Provincia de La Pampa
Ella es escritora
Stella Maris Gamba es una amiga
que me hizo conocer hasta el museo Orozco
donde me recibieron con mates y bizcochuelos
Entonces no podía ser otra persona que escribiera el prologo
de mi próxima novela “Là-bas” (“Allá”) que saldrá en Francia dentro de pocas semanas. 
 PRÓLOGO “ALLA” (Là-bas)
 Prof.Stella Maris Gamba.
Pocas novelas refieren sobre la dictadura militar de Argentina como lo hace Juan Carlos Alarcón. Sólo unas llamadas telefónicas, un accidente y los comentarios a “soto voce” de la familia, nos trasladan a un tiempo pasado pero no olvidado sobre la historia dolorosa del exilio. De esta manera, la novela es, si tomamos palabras de Borges, “una extensión de la memoria y de la imaginación, y esto es muy importante porque qué sería de la identidad personal frente al hecho de que cada yo fuese su yo sin la memoria personal” .
Los miembros de una familia, como protagonistas, le bastan a Juan Carlos  para contar esta historia y, con un gran manejo del tiempo narrativo, inserta el contexto Francia-Argentina, Argentina-Francia, para definir la relación existente entre coyunturas del medio actual y del proceso militar anterior; y, para que la ingenuidad y la angustia jueguen como contrastes, convierte a un niño en cronista de los hechos que suceden en Francia para crear una relación directa entre el lector y el narrador, como si éste estuviese confesándose con el primero.
Veintitrés capítulos y un Epílogo conforman la novela. Cada capítulo tiene un epígrafe, el que resume metafóricamente el contenido. Pero estas frases de escritores famosos no hacen más que ampliar el pensamiento que el escritor tiene sobre el tema tratado. 
Es elogiable que haya podido construir mediante un lenguaje sin rebuscamientos idiomáticos, imágenes visuales tan nítidas para el lector. Los diálogos del abuelo con la nieta, en el patio, es de una plasticidad tan impactante que la dimensión referencial se combina con la dimensión del lenguaje visual como sistema modelizador: el tratamiento del espacio, contenido y representado, sobre todo en lo que a sus valores simbólicos se refiere. Mientras los otros personajes que conforman la familia minimizan estas conversaciones diarias, en el diálogo del abuelo y la joven nieta subyace el traspaso de la memoria de una generación a otra para que ésta última mantenga su memoria activa, para que el “nunca más” se conforme en un legado no negociable. El elemento que juega como elemento mágico es el mate, esa infusión que los argentinos comparten porque es parte de su identidad .
El tema de la novela es el fatalismo, es decir, la imposibilidad de escapar de su propio destino que se cumple. Porque el “Allá” aún guarda la intolerancia y el odio.
Una novela para leer entre líneas, porque sus silencios aún dicen más que las palabras.


viernes, 18 de diciembre de 2015

Día de fiesta

Por Juan Carlos Alarcón 

El movimiento de la casa  comenzó temprano,  más  temprano que lo habitual. Yo bebí el mate cocido que me había servido mi mamá con pan casero, todavía caliente porque la abuela lo venía de sacar del horno de barro. Los grandes tomaban mates amargos, salvo mi tía Lici  que tenía un mate aparte ya que ella los tomaba dulce.  

Los otros adultos manoteaban el amargo al paso, luego lo devolvían a la abuela, que parecía tener cien manos que trabajaban al mismo tiempo: en una canasta de mimbre acomodaba un pan envuelto en una servilleta, dos bananas para los calambres del abuelo, un frasco con mermelada que había preparado la noche anterior, dulce de leche sin azúcar para el tío Juan que era diabético, un chorizo seco y los termos con agua caliente para la mateada de la jornada. Al mismo tiempo, la abuela, cebaba mates, fritaba en grasa tortas fritas para agregar a su canasta y daba órdenes para atar los perros y que no mordieran a algún transeúnte extraviado en el paraje cuando la ausencia familiar. 
A las 6 y media de la mañana, el abuelo estacionó la chata frente a la casa y gritó con voz ronca: 
- ¡Vamos que llegaremos tarde! 
- Comienzan a las 8, pero la escuela está abierta todo el día –respondió tía Lici. 
- Es un día importante y yo quiero ser el primero en llegar. 
Tavi era el más chico de mis tíos y el que más daba vueltas antes de salir. La abuela le había planchado dos camisas para que pudiera elegir la que quería ponerse, él se probó las dos pero ninguna lo convencía y le entregó otra para que se la planchara y, la abuela, en un santiamén calentaba la plancha sobre el fuego de la cocina; mientras le decía a tía Lici y a mamá que acomodaran la canasta y unos banquitos sobre la chata del abuelo.  
Yo me instalé cómoda en la parte de atrás de la chata esperando que el resto de la familia también lo hiciera, pero el abuelo me dijo: 
-¡No niña, vaya ayudarle a la abuela!  
La abuela Luli me dio un mantel, dos servilletas y el equipo de mates para acomodarlos adelante ya que, durante el viaje, ella iría cebando mates al abuelo y al Tavi que conduciría. Atrás de la chata, viajaríamos la tía Lici, mi mamá, el tío Juan y yo. Con el tío Juan eran charlas y risas todo el tiempo porque vivía haciendo bromas y que muchas veces sólo él las entendía, aunque todos reían por solidaridad. La familia entera cuidaba mucho de la salud del tío y, la abuela, hasta había hecho venir a la tía Kuqui, la curandera del pago, para que le curara el empacho con la cinta métrica y unas hojas de una planta de insulina para que se hiciera té todas las mañana, pero yo sospecho que mi tío Juan exageraba su enfermedad porque le agradaba bastante que lo mimaran. 
Yo ya sé por quien voy a votar; dijo el Tavi  
¿Es qué estamos hablando del mismo muerto? Preguntó el abuelo riéndose. 
Shhh… el tío es oficialista y puede escucharlos –previno la abuela.  
El tío Juan estaba “achacado” según el diagnóstico de la tía Kuqui y todos lo cuidaban, pero mamá parecía su enfermera y andaba siempre pegada a él controlándole el azúcar y la tensión cada 10 minutos. Lo retaba si comía muchas tortas fritas, pan y cosas dulces. Cuando ella no estaba era yo que le pinchaba el dedo para controlarle el azúcar de la sangre y hasta lo acompañaba cuando el tío salía a caminar por el campo; pero lo que me gustaba era cuando iba a la siesta acompañarme a gimnasia, después nos sentábamos en la plaza y nos comíamos un enorme helado cada uno.  

-¿Ya están todos listo?... ¡Arrancamos! –gritó el tío Tavi y la chata se puso en movimiento. 
Era un día de fiesta y haríamos un picnic en el propio patio de la escuela, al fondo, para no molestar a la otra gente que iban a votar. Eran las elecciones y en mi familia se vivía eso como un día excepcional y de festejos.  
-Parece que allí adelante no fueron al jardín y no aprendieron a compartir –gritó el tío Juan esperando que le pasaran por la ventanilla de la chata un mate. Mamá se tentó de la risa porque ella era maestra de un jardín de infantes.  
-¿Y vos tío Juan, por quién vas a votar? –preguntó la tía Lici 
-¡Al candidato que me pague el choripan más rico!